domingo, 8 de enero de 2012

La obediencia a la autoridad

El valor cívico, es decir, el arrojo necesario para tomar decisiones autónomas y actuar según la propia responsabilidad, es ya de por sí una rara virtud en Alemania, tal y como sentenciara Bismarck en su día. Y es una virtud que abandona por completo al alemán cuando éste lleva uniforme. Un soldado u oficial alemán, sin lugar a dudas excepcionalmente valeroso en el campo de batalla y casi siempre dispuesto a disparar sobre sus compatriotas civiles por orden de una autoridad, se vuelve cobarde como una liebre cuando se trata de enfrentarse a dicha autoridad. Como por arte de magia, esta idea enseguida pone ante sus ojos la imagen terrorífica de un pelotón de fusilamiento y eso lo paraliza totalmente. Bien es verdad que no teme a la muerte, pero sí a ese tipo concreto de muerte, y además su miedo es inmenso. Así, esta circunstancia hace que cualquier intento de desobediencia o de golpe de estado por parte de un militar alemán sea de todo punto imposible, da igual quién gobierne.

El único ejemplo en apariencia contrario es verdadera y precisamente un caso que corrobora mi afirmación: el putsch de Kapp producido en marzo de 1920, un intento de golpe de Estado llevado a cabo por algunos políticos antirrepublicanos que iban por libre. Aunque tenían totalmente de su lado a una parte del mando del Ejército republicano y del resto al cincuenta por ciento, aunque la Administración pronto mostró su flaqueza y no se atrevió a oponer resistencia, aunque personas con gran poder de convocatoria militar, como Ludendorff, pertenecían al equipo, finalmente fue sólo una parte de la tropa, la denominada Brigada Ehrhardt, la que llevó a cabo dicha empresa. Todos los demás Freicorps permanecieron "leales al Gobierno" y, naturalmente, se ocuparon de que también este intento de putsch por parte de la derecha redundase en azote de la izquierda.

Se trata de una historia turbia que se cuenta en pocas palabras. Un sábado por la mañana, mientras la Brigada Ehrhardt desfilaba bajo la Puerta de Brandenburgo, el Gobierno se fugó y se puso a salvo tras haber incitado rápidamente a los obreros a la huelga general.

Kapp, el líder del golpe, proclamó la República Nacional bajo la bandera negra, blanca y roja, los obreros iniciaron la huelga, el ejército se mantuvo "leal al Gobierno", la nueva Administración no logró ponerse en marcha y, cinco días más tarde, Kapp volvió a dimitir. El Gobierno regresó y exigió a los obreros que reanudaran su labor, pero entonces estos demandaron su salario: primero debían desaparecer al menos algunos ministros cuya situación era a todas luces comprometida, empezando por el tristemente célebre Noske; la reacción del Gobierno fue volver a dirigir a sus leales tropas contra los obreros y éstas llevaron a cabo otro trabajito pródigo en sangre, especialmente en Alemania Occidental, donde se libraron auténticas batallas. Años más tarde oí a un antiguo miembro de los Freicorps que había vivido todo aquello. No sin cierta compasión benévola hablaba de los cientos de víctimas que entonces habían caído o habían sido "abatidas mientras huían". "Eran la flor de la juventud obrera", repetía pensativo y melancólico. Al parecer esa era la expresión bajo la cual guardaba aquellos acontecimientos en su mente. "En parte muchachos valientes", prosiguió admirado. "No como en Munich, en 1919: aquellos eran granujas, judíos y haraganes, por ellos no sentí ni una pizca de lástima".

"Pero en 1920, en la región del Ruhr, aquéllos sí que eran la flor de la juventud obrera. La verdad es que lo sentí mucho por algunos. Pero eran tan cabezotas que no nos dejaron otra opción, tuvimos que matarlos y punto. Cuando les queríamos dar una oportunidad y en el interrogatorio les preguntábamos: "Entonces, a vosotros simplemente os han engañado, ¿no es cierto?", ellos gritaban: "¡No!" y "¡Abajo los asesinos de los obreros y los traidores al pueblo!". En fin, entonces ya no había nada que hacer y no teníamos más remedio que asesinarlos, siempre por docenas. Por la noche nuestro coronel dijo que jamás se había sentido tan afligido. Sí, los que cayeron allí, en la región del Ruhr en 1920, aquéllos sí que eran la flor de la juventud obrera" Sebastian Haffner (1939) Historia de un alemán


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