viernes, 27 de enero de 2012

He aprendido a no prestar más atención de la necesaria al hecho estar en prisión

Querida Olga:

Hace más de dos semanas que no he recibido ninguna carta tuya (la última es de hace casi un mes). ¡Vaya forma de acentuar mi sentencia! Me ahogo en el fango de la ignorancia, cosa que ahonda mi "orfandad" e incrementa mi preocupación por lo que ocurre en casa. Esta triste situación determina el tema de la presente carta.

En su momento te escribí sobre el significado que atribuyo a mi casa, qué añoro más que nada, cómo va cambiando el papel que para mí desempeña el mundo del que me extrajeron. Un tema homólogo es la cuestión de lo que significa para mí estar encarcelado y qué papel desempeña en mi vida. He aprendido a no prestar más atención de la necesaria al hecho de estar en prisión, sólo me intereso por ello -primero- para poder vivir aquí sin causarme problemas innecesarios y -segundo- por la curiosidad natural que me despierta cualquier ambiente humano y social en el que pueda encontrarme.

De todas maneras, reflexionando sobre el tema he llegado a la conclusión de que el encarcelamiento influye en mi vida más de lo que podría suponerse a primera vista. Obviamente impregna por completo la esfera de mi cotidianidad: determina mis horarios y prácticamente de la mañana a la noche prescribe todas mis actividades, su orientación, condiciones y extensión, influye en mi comportamiento y maneras, forma mis costumbres y rutinas. Además, determina el carácter, los motivos, las circunstancias y la expresión de todos mis estados de ánimo; establece mi perspectiva del tiempo y del espacio; da una forma concreta a mis alegrías, esperanzas, objetivos, preocupaciones y complicaciones con las que debo luchar a diario; tiñe los criterios de mis opiniones sobre los fenómenos o acontecimientos más diversos; otorga concrección a lo que los sociólogos llaman la "escala de valores". Esta influencia omnipresente conforma mi comportamiento hasta en los más minuciosos detalles, por ejemplo -para ilustrarlo con la única esfera de mi vida con la cual estás en contacto- no sólo el contenido, la extensión y el sentido de mis cartas sino también su estilo y hasta la letra (sin duda habrás visto que intento escribir de manera clara).

El ambiente concreto en que uno se encuentra influye decisivamente en su cotidianidad, pero creo que pocas veces de modo tan complejo como aquí. La cosa no acaba en los efectos mencionados: curiosamente mi encarcelamiento está presente de una u otra forma incluso en lo que podría parecer más alejado de los factores externos, o sea en mi vida interior, en los temas de mis reflexiones, en los matices de mis sensaciones; una dimensión o un aspecto de mi presente condición está siempre encuadrada en todo. Ni cuando duermo me escapo de ella: las resonancias más extrañas se infiltran incluso en mis sueños. Ni las experiencias culturales, una buena película o un buen libro, me permiten la huida: un análisis detallado lo demostraría.

Las consecuencias y aspectos concretos de mi encarcelamiento me proporcionan necesariamente un marco evidente, inevitable, un "segundo plano" o "sistema de coordenadas" para la totalidad de mi existencia presente en el mundo -tanto si enfoca los problemas de mi vida inmediata aquí como si se concentra sobre distintos aspectos de mi vida o condición "en general"-. Pero eso no significa que dicho marco me transforme, de modo significativo, ni transforme mi alma, mi carácter, mi "identidad". Únicamente conforma el peculiar terreno por el cual hoy he de caminar y a cuya topografía tengo que ajustar cada uno de mis pasos, sin que por ello me convierta en otro, sólo debo moverme de forma algo extraña, metafóricamente hablando. En efecto: excepción hecha de algunas indicaciones marginales sobre mis movimientos interiores, fruto de nuevas experiencias -que profundizan mis pensamientos sobre distintos aspectos propios del hombre (y el asombro que me causan esos descubrimientos)- y algunos detalles insignificantes (como por ejemplo mi creciente repugnancia por las conversaciones sobre erotismo y sexo, o el hecho de ir olvidando conocimientos concretos), no he observado en mí cambio substancial alguno. Tal vez voy adquiriendo una relación más seria, responsable y prudente con algunos valores, pero de eso no puedo estar del todo seguro. Lo valoraré mejor cuando esté en libertad y fuera del marco de influencia del encarcelamiento. Si la imagen que tienes de mi se basa en mis cartas, puedes pensar que me he vuelto serio, que he perdido el sentido del humor y de la ironía; eso es sólo una ilusión óptica debida a las limitaciones naturales que impone esta manera de expresarse.

Naturalmente, la vida de prisionero es en muchos aspectos -no sólo por lo que respecta a las limitaciones que dificultan mi cotidianidad sino a muchas otras, por ejemplo en lo que exige de autodominio- mucho más dura que cualquier otra circunstancia vivida hasta el presente. (Cuando digo "en muchos aspectos" me refiero a que no interviene en todos). A pesar de ello no me parece estar más deprimido, triste o desesperado que si me encontrase en cualquier otro lugar; me veo siempre igual, sólo el abanico de lo que causa mis alegrías o depresiones ha cambiado radicalmente. Una palabra amable, una carta, un cigarrillo fumado tranquilamente, una hora ininterrumpida de lectura interesante, todo esto puede causarme un mayor entusiasmo que las vivencias más ricas y exquisitas del exterior. Si mi encarcelamiento invade mi vida presente más en su globalidad que en el detalle -es decir, como un "fenómeno en sí mismo", entero y autosuficiente- se me acerca en un único caso: cuando se apodera de mi (aunque eso ocurre raras veces y nunca en proporciones particularmente drásticas) la angustia de estar encerrado y separado de la "verdadera acción" y el "verdadero mundo". Me parece que sólo cuando estoy en ese estado (naturalmente se trata de un mal humor, el último sobre el que quise escribirte) experimento existencialmente la privación de libertad, el hecho de estar rodeado por un alambre; éste es pues mi único ánimo pura y específicamente carcelario. Y no me molesta tanto no poder salir cuando me apetece para hacer un encargo o ver cualquier cosa, como el hecho de que si realmente tuviese la necesidad ineludible de acudir a algún lugar, no podría. Por supuesto que eso va unido a la sensación de impotencia y de preocupación por mi mundo, que no haya pasado algo grave -a ti o a algún otro ser querido-, de no poder estar allí para intentar resolver el asunto, compartirlo y hacer frente común por si trae cola. Entonces me siento mudo o mutilado o atado de alguna manera. No se trata de una simple claustrofobia (no sufrí de ella ni durante el arresto cuando esperaba el juicio); se trata de una sensación más profunda y más visceral, enraizada en el espíritu, no solamente en el sistema nervioso. Repito que este estado no es frecuente en mi y de momento aparece sólo de forma débil, poco acentuada. Pero si no recibo noticias de casa corro el peligro de que empeore. Ya ves que, con esto, he retomado ingeniosamente el tema con que iniciaba mi carta. Tal vez te haga efecto.

Tuyo. Vasék

P.D. No traigas el té en nada que sea de plástico, me han dicho que sólo la hojalata o el cristal conservan su olor y sabor.
Václav Havel (1983) Cartas a Olga



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