lunes, 23 de enero de 2012

Bastaba un pequeño pacto con el diablo para dejar de pertenecer al equipo de los prisioneros y pasar a formar parte del grupo de los vencedores y perseguidores

La situación de los alemanes no nazis durante el verano de 1933 fue ciertamente una de las más difíciles en que se puede encontrar el ser humano: un estado de sometimiento total y desesperado sumado a los efectos tardíos del shock que supone que los acontecimientos le pillen a uno totalmente desprevenido. Los nazis nos tenían completamente en sus manos. Todos los baluartes habían caído, era imposible cualquier tipo de resistencia colectiva y la oposición individual era una mera forma de suicidio. Nos habían perseguido hasta llegar a los últimos recovecos de nuestra vida privada, en todos los ámbitos reinaba un estado de desbandada, una huida confusa de la que no se sabía donde iba a terminar. Al mismo tiempo todos los días nos instaban no ya a rendirnos, sino a pasarnos al bando contrario. Bastaba un pequeño pacto con el diablo para dejar de pertenecer al equipo de los prisioneros y perseguidos y pasar a formar parte del grupo de los vencedores y perseguidores.

Ésta era la tentación más simple y primitiva. Muchos cayeron en ella. Más adelante se puso de manifiesto que gran parte de ellos había subestimado el precio de su alma y no estaba a la altura de lo que suponía ser un verdadero nazi. Hoy son miles los que pululan por Alemania, los nazis con mala conciencia, hombres que soportan el peso de la insignia de su partido al igual que Macbeth carga con la púrpura de su corona, personas que, cual borregos al matadero, han de llevar sobre los hombros un cargo de conciencia tras otro mientras su mirada furtiva busca en vano alguna posibilidad de escapar. Beben y toman pastillas para dormir, no se atreven a pensar, ni siquiera saben si han de anhelar o temer el fin de la época nazi -¡su propia época!-, gente que, cuando llegue ese día, seguramente deseará no haber pertenecido a ella. Pero entretanto ellos encarnan la pesadilla de este mundo y, de hecho, resulta imposible predecir de qué serán capaces dado su estado de ruina moral y nerviosa antes de derrumbarse por completo. Su historia está aún por escribir.

Sin embargo, la situación de 1933 ocultaba todavía otras tentaciones al margen de ésta tan primitiva, cada una da las cuales constituía una causa de desvarío y enfermedad mental para quién cayese en ella. El demonio tiende muchas redes: unas gruesas para las almas rudas y otras finas para las más delicadas.

Todo el que se negara a convertirse en nazi tenía ante sí un panorama nefasto: una desolación desesperada y total; la obligación de aguantar insultos y humillaciones a diario sin posibilidad de defenderse y el deber de participar en la contemplación impotente de lo insoportable; una sensación de desarraigo total; un sufrimiento inútil. Dicho panorama encierra a su vez sus propias tentaciones: recurrir a medidas de consuelo y alivio tras las que se esconde el anzuelo del demonio.

Una de ellas, la favorita de los de mayor edad, consistía en huir hacia un mundo de ilusión, preferiblemente la ilusión de sentirse superiores. Quienes caían en ella se aferraban a dos rasgos que, en un primer momento, fueron ciertamente propios del arte de gobierno nazi: el diletantismo y su condición de primerizos. Los mayores trataban de demostrarse a diario a sí mismos y a los demás que era imposible que todo aquello continuase, adoptaban la pose típica del sabelotodo que disfruta de la situación, se ahorraban tener que contemplar lo demoníaco concentrando su mirada en lo más infantil, se engañaban a sí mismos haciendo de su postura totalmente sumisa y desesperada una actitud que consistía en estar al margen de la situación y observarlo todo con aires de superioridad, sintiéndose totalmente tranquilos y reconfortados cuando tenían la oportunidad de contar un nuevo chiste o citar un nuevo artículo del Times. Era la gente que, haciendo gala de un convencimiento pleno y tranquilo primero, y dando todas las muestras de ser conscientes de su propia y compulsiva equivocación después, predecía un mes tras otro la inevitable caída del régimen. Lo peor para ellos vino cuando éste empezó a consolidarse notablemente y llegaron los éxitos: no estaban preparados para hacerles frente. Éste fue también el grupo contra el que, como resultado de un cálculo psicológico muy astuto, se lanzó una nutrida ofensiva de fanfarronerías estadísticas en los años siguientes; de hecho, a él pertenece la masa de los que capitularon entre los años 1935 y 1938. Una vez les fue negada la posibilidad de seguir mostrando ese gesto de superioridad que defendían compulsivamente se rindieron en masa. Una vez alcanzados los éxitos que siempre habían calificado de imposibles, reconocieron su derrota. No tuvieron fuerzas para darse cuenta de que precisamente dichos logros encarnaban el horror....

La segunda tentación consistía en la amargura, en el propio abandono masoquista al odio, al sufrimiento y a un pesimismo sin barreras. Ésta es casi la reacción alemana más natural frente a una derrota. En los momentos aciagos (de su vida privada o de la vida de la nación) todo alemán se ve obligado a luchar contra esta tentación: la de rendirse de una vez por todas y entregarse a sí mismo y al resto del mundo a los designios del demonio con una actitud de indiferencia inerte, rayana en la predisposición; la de cometer un suicidio moral con obstinación y maldad.

En apariencia es una actitud muy heroica: rechazar cualquier tipo de consuelo pasando por alto que es precisamente en esta postura donde reside el consuelo más envenenado, temible y vicioso. El abandono lascivo y perverso de uno mismo, una avidez wagneriana por la muerte y el naufragio, justo ése es el mejor consuelo que se le ofrece a quién ha sido vencido y es incapaz de juntar las fuerzas necesarias para soportar su derrota como tal. Me atrevo a profetizar que ésta será la actitud básica de Alemania tras perder la guerra nazi: el lloriqueo salvaje y testarudo de un niño enfermo que equipara ansioso la pérdida de su muñeco con el fin del mundo (muchos de estos rasgos ya formaron parte de la actitud mantenida por Alemania en 1918)......

Resulta difícil hacer una afirmación general de cuáles son las consecuencias externas y reales de esta actitud interna. En algunos casos conduce al suicidio. Pero son muchas más las personas que se organizan para ser capaces de vivir con ella, digamos que torciendo en gesto. Lamentablemente, ellos conforman la mayoría de quienes figuran en Alemania como representantes de una "oposición" visible y, por tanto, no es de extrañar que dicha oposición jamás haya desarrollado objetivos, métodos, planes ni perspectivas. Sus principales miembros se dedican a ir por ahí estremeciéndose con morbo. Los hechos espantosos que suceden han ido convirtiéndose poco a poco en el alimento imprescindible de su espíritu; el único placer oscuro que les queda es deleitarse en la descripción de las atrocidades, y es imposible mantener con ellos una conversación que no trate este tema. Es más, muchos han llegado al extremo de que les faltaría algo si no tuviesen esta ocupación y, en algunos casos, el profesamiento de un pesimismo desesperado se ha tornado en una especie de comodidad. Claro que en general esta es una forma de "vida peligrosa" que ataca al hígado, conduce al sanatorio y en no pocas ocasiones produce un auténtico delirio. Por último, hay un estrecho camino secundario que lleva directamente desde este punto al nazismo: una vez que todo da igual, todo está perdido y se ha ido al diablo, ¿por qué no actuar guiados por el más triste e iracundo de los cinismos y sumarse personalmente mientras resuena una carcajada burlona en nuestro interior? También se da este caso.

Aún he de hablar de una tercera tentación. Se trata de aquella con la que yo mismo tuve que vérmelas y, una vez más, en absoluto fui el único. Su punto de partida es precisamente el reconocimiento de las tentaciones anteriores: uno no desea corromperse interiormente a través del odio y el sufrimiento, sino mantener una actitud bondadosa, pacífica, cordial, "amable". Pero ¿cómo evitar el odio y el sufrimiento si un día tras otro nos acosa constantemente una fuente de odio y sufrimiento? La única solución es ignorarla, desviar la mirada, taparse los oídos y aislarse. Pero esto sólo conduce a un endurecimiento producto de la debilidad y, en definitiva, a otra forma de delirio: la pérdida del sentido de la realidad.

Hablemos simplemente de mí sin olvidar, no obstante, que mi caso a su vez bien puede multiplicarse por un factor de seis o siete dígitos.

No estoy especialmente dotado para el odio. De siempre he creído saber que basta con implicarse demasiado en una polémica, discutir con quien no desea escuchar o sentir odio hacia aquello que lo merece para destruir algo de uno mismo, algo que merece la pena conservar y es difícil de recuperar. Mi reacción natural de rechazo consiste en apartarme, no en atacar.

También tengo muy claro el tributo que se rinde al enemigo considerándole merecedor de odio, y creo que precisamente los nazis no son dignos de tal honor. Yo rehuía toda intimidad con ellos, pues ya ésta conllevaba un sentimiento de odio y, en mi opinión, la ofensa personal más grave que me infligieron no fue tanto su demanda insistente de participación -que no pertenecía al género de cosas a las que uno dedica el más mínimo pensamiento ni la menor sensación-, sino el hecho de que como era imposible no reparar en ellos, a diario me veía obligado a sentir odio y asco cuando estas sensaciones no me son en absoluto "propias".

¿Acaso no era posible mantener una postura que no le obligara a uno a nada de nada, ni siquiera a sentir odio y asco? ¿No existía la posibilidad de profesar un desprecio superior e imperturbable, de adoptar una actitud consistente en "mirar y pasar de largo"? ¿Todo aunque fuese a costa de tener que renunciar a media vida pública, por mí incluso a toda mi vida pública?

Fue justo entonces cuando di con una cita peligrosa de Stendhal tentadoramente ambigua. La escribió de manera programática tras un acontecimiento de actualidad que él también interpretó  como una "caída en el fango" después de la Restauración de 1814, tal y como hice yo con los sucesos que ocurrieron en 1933. Ahora solo hay una cosa, escribió Stendhal, que merece atención y esfuerzo: "el mantenimiento de un yo sagrado y puro". ¡Sagrado y puro! Eso significaba que uno no sólo debía permanecer alejado de cualquier tipo de complicidad, sino también de cualquier tipo de desolación causada por el dolor y de cualquier tipo de deformación producida por el odio, de cualquier influencia sin más, de cualquier reacción, del más mínimo contacto, incluso de aquel que consiste en el rechazo. Un apartamiento; replegarse en el rinconcito más ínfimo si es necesario siempre que la peste no llegue hasta ahí y sea posible salvar íntegramente lo único que merece la pena ser rescatado, esto es, si lo llamamos por su nombre teológico correcto, el alma inmortal.

Hoy sigo creyendo que este punto de partida tiene algo de cierto y no es mi intención negarlo. Sin embargo, tal y como pensé entonces, la simple actitud de ignorarlo todo y retirarse a una torre de marfil no funcionó, y doy gracias a Dios porque mi intento fracasara rápida y estrepitosamente. Conozco a otros cuya tentativa no se frustró tan pronto y el hecho de tener que reconocer que en ocasiones uno sólo puede salvar la paz de su alma sacrificándola y exponiéndola les ha salido muy caro.....

Éstos eran más o menos los conflictos a los que se vieron sometidos los alemanes en el verano de 1933. Se parecían ligeramente al hecho de tener que elegir entre dos formas distintas de muerte emocional y es probable que alguien cuya vida haya transcurrido bajo circunstancias normales tenga ahora la leve sensación de estar como en un manicomio o más bien en un centro de investigación psicopatológica. Pero qué más da: es así como ocurrió y yo no lo puedo cambiar. Sebastian Haffner (1939) Historia de un alemán

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