lunes, 12 de diciembre de 2011

Estrés policial por incidentes críticos

¿Quién puede calcular los efectos que tiene un trabajo en el que hay que estar continuamente expuesto a asesinatos, suicidios, raptos, violaciones y otros actos de violencia contra las personas?, ¿qué precio personal se paga por ser testigo de la parte mas cruel y salvaje de la humanidad?

De manera general, los profesionales del trabajo en emergencias están expuestos a situaciones altamente estresantes que repercuten en su bienestar personal, en su rendimiento laboral y en su entorno social y familiar. En el campo de la Psicología de Emergencias estas circunstancias han recibido tradicionalmente la denominación de Incidente Crítico y son objeto de estudio.

Se trata de situaciones que, por su naturaleza, producen en cualquier persona normal tal grado de afectación que la coloca en una situación de riesgo psicológico. Pueden tener muy diversa naturaleza, pero podemos señalar unas características comunes: son súbitas e inesperadas; producen pérdida de la sensación de control; ponen en entredicho los valores y asunciones básicas sobre el mundo en que vivimos, la gente y el trabajo que hacemos; Incluyen la sensación de amenazas a la integridad física y pueden conllevar pérdidas emocionales o físicas.

Como es lógico, el tener que enfrentarse con este tipo de situaciones es más probable en las profesiones relacionadas con la emergencia que en otros contextos laborales. Así un psicólogo policial tan importante como es John Violanti, (profesor del Rochester Institute of Technology) advierte que la mayoría de los agentes de policía pueden verse expuestos a más eventos traumáticos en un mes que los que se puede esperar encontrar el resto de la población durante toda su vida.

Incluso en labores policiales cotidianas de aparente bajo riesgo la probabilidad de enfrentarse con un incidente crítico es alta. Así en una investigación realizada en el Departamento de Policía de la Ciudad de Nueva York resultó que en un solo año un total de 134 agentes (9.18%) del total de la plantilla encargada de la vigilancia del tráfico, había sido víctima de agresiones por parte de ciudadanos (no delincuentes) enojados tras la notificación de una denuncia. De estos el 11.94 % (16 casos) resultaron gravemente lesionados y el resto presentó lesiones de carácter leve.

Quizá el incidente crítico de mayor gravedad en el ámbito policial sea el enfrentamiento armado. Otros incidentes críticos relevantes son la muerte de un compañero en acto de servicio, las lesiones en acto de servicio, los suicidios de compañeros, las muertes de niños y otras intervenciones con víctimas especialmente sensibles, la intervención en grandes accidentes, los pinchazos con agujas o la exposición a fluidos corporales, el realizar arrestos violentos y el atender casos con víctimas conocidas.

Los agentes de policía son tan humanos como cualquier otra persona. Esto tan obvio, implica que pueden verse tan afectados como cualquier otro. Así no es extraño que presenten alteraciones a nivel fisiológico (fatiga, tensión, opresión en el pecho, dolor de cabeza o espalda, mareos, escalofríos, temblor, respiración entrecortada, etc.); a nivel cognitivo (confusión, desconcierto, hipervigilancia, búsqueda de culpables, problemas para tomar decisiones, pensamientos intrusivos, disminución en la capacidad para solucionar problemas o para hacer razonamientos, falta de concentración, etc.); a nivel afectivo (tristeza, culpabilidad, miedo, ansiedad, agitación, irritabilidad, cólera, aprehensión, indefensión, etc.) y a nivel motor: (retraimiento, comportamiento antisocial, incapacidad de descansar, movimientos deambulantes, habla acelerada y balbuceante, apetito alterado, consumo de alcohol, tranquilizantes, coordinación y respuesta técnica deteriorada, etc.)

Si reflexionamos un instante sobre las consecuencias de este impacto psicológico veremos fácilmente como éstas se extienden afectando a varios núcleos:

El agente: la posibilidad de padecer serias consecuencias psicológicas en algún momento de su carrera (estrés postraumático o síndromes ansioso-depresivos) es un hecho que se puede dar con mayor probabilidad que en otro tipo de profesión.


El contexto laboral: Como es fácilmente deducible, el malestar psicológico del agente revierte de manera directa en la calidad de su trabajo y en su productividad. Así, no es extraño encontrar consecuencias como un deterioro en la calidad de la tarea; un aumento del absentismo laboral; una propensión al abandono del puesto o de la organización; una menor implicación laboral o un aumento de los conflictos interpersonales. Estos hechos, además del malestar que origina entre el personal afectado y el resto de la plantilla, suponen un gasto económico para la organización (gasto en formación y preparación de la persona que abandona la profesión, cobertura de bajas laborales, etc.), mucho mayor que el que supone adoptar medidas de calidad en prevención. Pocas organizaciones se han parado a hacer esta lectura.

El contexto extralaboral: La afectación del profesional salpica también su ámbito familiar. Por una parte, la pareja o familiar son a veces las personas sobre las que el profesional vuelca sus emociones, acompañándolas de detalles sobre la situación crítica. Los familiares, en ocasiones, no tienen capacidad para digerir lo que su ser querido les narra convirtiéndose también en víctimas vicarias. Por el contrario, es a veces el propio profesional el que se aísla de la familia para no implicarla en su problema. Tanto en uno como en otro caso, se generan barreras que impiden un afrontamiento familiar adecuado y acarrean consecuencias como rupturas o dinámicas familiares disfuncionales.

El entorno social: Por último, y elevando las consecuencias a marcos más generales, hay una última afectada. Esta, no es otra que la propia sociedad para la que trabaja el agente y que es, en definitiva, la beneficiaría real de su trabajo. Los ciudadanos desean tener buenos profesionales a su servicio y que estos se encuentren en las condiciones adecuadas para prestarlo.

Las organizaciones policiales empiezan a tomar conciencia de la importancia de afrontar cuanto antes las crisis derivadas de la exposición a situaciones críticas pero, en general, la comunidad policial tiene reticencias para aceptar que el estrés derivado de las situaciones críticas pueda ser un agente patológico que afecte tanto a su desempeño profesional como a su vida privada.

La subcultura policial suele incorporar muchos mitos que disminuyen la habilidad del agente para tratar con situaciones extremas. En este colectivo es frecuente la existencia de valores y normas no escritas que no aceptan en su seno muestras de debilidad, siendo frecuentes expresiones como “si no puedes con esto búscate otro empleo”, “ya sabías dónde te metías”, “aquí todos hemos venido voluntarios, nadie te obligó” y calificaciones del tono de “crybabies”.

Existe un sentimiento de invulnerabilidad y una percepción de ser distintos que, no sin ironía, ha sido denominada por algunos psicólogos policiales como el “Síndrome de John Wayne” y que es una consecuencia de la tendencia policial a “endurecerse emocionalmente” y aislarse del resto de la sociedad.

Los agentes de policía, y los trabajadores de emergencias en general, tienden a poseer una personalidad que puede aumentar la vulnerabilidad al estrés por incidente crítico: alta necesidad de control; tendencias perfeccionistas; valores tradicionales; altos niveles de motivación interna; orientación a la acción; elevada necesidad de estimulación; tendencia a asumir riesgos y alta dedicación e identificación con su rol profesional.

Estas características no solo les hacen ser unos buenos policías, sino que también hacen que sean más vulnerables.

Lamentablemente, la falta de sensibilidad por parte de las organizaciones policiales hacia sus miembros, se pone de manifiesto en la necesidad de que se den incidentes graves para que se pongan en marcha programas para disminuir el impacto del estrés entre los agentes.
Javier Gómez Segura, 2007

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