jueves, 29 de diciembre de 2011

Me estoy preparando hace tiempo para escribirte sobre cómo echo en falta la libertad y la vida normal

Es un tema difícil y por ahora no sé exactamente cómo describirlo todo de manera que resulte elocuente. Las pocas observaciones que voy a dedicar hoy a este tema son provisionales, hablan de los aspectos más sencillos del tema y de ninguna manera lo agotan; más bien lo inician.

Durante las primeras semanas de detención añoraba muchas cosas distintas: antes que nada, naturalmente, a los más intimos, pero no sólo a ellos, sino muchas cosas concretas, atmósferas, anbientes, relaciones, situaciones, vivencias, etc. Pensaba mucho en lo que haría si me dejasen en libertad. Me imaginaba distintos seres próximos, amigos y conocidos, y una y otra vez me repetía todas las cosas de las que me gustaría hablar con ellos (y tenía remordimientos por no haberlo hecho cuando estaba en libertad); me imaginaba a mi mismo que sudaba en la sauna, nadaba en la piscina, paseaba por Malá Strana, dormía en mi cama y con mi pijama, comía en ese u otro restaurante un buen bistec o un cóctel de cangrejos o un pastel con nata, preparaba un pollo a la parrilla y una buena salsa tártara para acompañarlo, esto en Hrádecek, sorbiendo vino blanco y escuchando mis discos preferidos, estaba echado en la hierba tomando el sol, sorbía mi café habitual y bien cargado de las mañanas, frecuentaba las galerías de arte y los talleres de amigos pintores, entraba en los bares, iba a ver buenas películas y un largo etcétera.

Ese flujo de recuerdos concretos, martirizantes deseos, imágenes y proyectos que al principio volvían una y otra vez a mi mente, disminuyó con el paso de los meses y retrocedió; no era que empezase a olvidar mi ambiente familiar, más bien se fueron desdibujando los contornos concretos de ese ambiente y sus elementos perdieron su carácter excitante para amalgamarse en un cuadro monolítico y cubierto con un velo transparente, un cuadro que representaba mi hogar, el "paraíso perdido", algo alejado que antes existía y tal vez un día (quién sabe bajo qué aspecto, indudablemente transformado) volvería a existir. Todo ese mundo -que en una de mis cartas denominé "el horizonte concreto"-, ha perdido su presencia física y la intensidad de su ausencia y, de la esfera de lo específico, de los alegres o penosos recuerdos sensoriales, nostalgias, empeños y proyectos físicamente excitantes, se ha trasladado a una esfera más profunda de mi ser, a mi alma, donde está presente de una manera más espiritual y por lo tanto más esencial: como un conjunto oculto de parámetros vitales, como la medida y el punto de fuga de su sentido. Ahora ya no experimento la ausencia de ese mundo de un modo físico (hace tiempo que tengo la sensación de que si me comiera el antes tan codiciado cuarto de pollo con salsa tártara, acompañado con una botella de vino blanco, seguramente no tardaría en devolverlo todo), sino que lo percibo con mayor fuerza -en cuanto conjunto de valores- como la fuente de mis esperanzas y la razón de mis sacrificios (para decirlo de manera solemne), como aquello que contiene el sentido propio de todas mis acciones. Y cuanto menos echo en falta la forma material de ese cuadro, más su forma abstracta se hace cotidianamente presente en mi vida de forma penetrante e imprescindible configurando un segundo plano omnipresente aunque "borroso" que me ayuda a ver todo lo de aquí bajo una luz verídica, una silueta dibujada con absoluta precisión.

Todo ese desplazamiento es fruto de un cierto mecanismo de autodefensa existencial: si uno tuviese que pasar varios años pensando adónde podría ir y con quién, las cosas que podría hacer si estuviese en libertad, se volvería loco. Por eso se aferra cada vez más a los valores accesibles: procurarse un rato tranquilo, poder leer algo bueno, dormir bien, evitar un sufrimiento inútil, mantener sus cosas ordenadas y limpias, estar satisfecho con su trabajo, etc. La comparación siguiente no es precisa (espero no pasar aquí toda la vida): la falta de libertad es parecida a la situación de una persona a quien le cortan una pierna: en vez de plantearse que haría si tuviese ambas piernas le interesa aprender a caminar con una prótesis sin que ello le produzca dolor.

Repito que he escrito sólo sobre los aspectos más fácilmente descriptibles del tema. Ahora tendría que seguir una reflexión acerca de cómo soporta uno la falta de libertad, en qué consiste exactamente esa falta, qué es ese fenómeno, qué es lo que uno añora con más fuerza. Y es que no se trata sólo de la pérdida de la casa con todas las personas y valores que la constituyen; eso es sólo una parte de una pérdida mucho más amplia y compleja: y es que nuestro "hogar existencial" es, en cierto sentido, "únicamente" el resultado concreto de nuestra elección, y aquí uno no ha perdido tan sólo ese resultado sino también la posibilidad de elección en sí. De momento no me atrevo a escribir sobre cosas tan complejas; aún no lo tengo del todo claro.

Me despido por hoy, recuerdos a todas las amigas y amigos, y a tu madre. Quiero que estés alegre, activa, optimista, que pienses en mí, y sólo cosas buenas.

Besos. Vasek

Václav Havel (1983) Cartas a Olga

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