domingo, 30 de octubre de 2011

Catástrofes y respuestas sociales

En muchas catástrofes y situaciones de riesgo se observan conductas colectivas adecuadas que van a permitir luchar contra la propagación del peligro, o de los rumores, y la organización racional de los recursos. Sin embargo, en otras circunstancias se observan conductas inadecuadas como es el considerar que la situación es irreal o el éxodo desorganizado de un grupo o una comunidad. Estas conductas no constituyen una respuesta adecuada y, como consecuencia, aumentan la desorganización social del grupo.
El comportamiento colectivo inmediato más frecuente ante una catástrofe suele ser el de Conmoción-Inhibición-Estupor. En el curso del cual se ve a los supervivientes emerger de los escombros, alterados por el choque emocional, sin iniciativas y cuya única movilidad es un lento éxodo centrífugo que los aleja del centro de la catástrofe para ganar espacios amplios hacia la periferia o lugares alejados catástrofe.
Ejemplos de ello son la destrucción de Pompeya, los terremotos de Lisboa y Méjico y los bombardeos de Hamburgo, Tokio, Hiroshima y Nagasaki en la Segunda Guerra Mundial. Los testigos de estos sucesos describieron esas lentas filas silenciosas de supervivientes siguiéndose los unos a los otros por los caminos improvisados de las ruinas. Estas reacciones duran, la mayor parte de las veces, unas horas.
El sentir intensamente miedo es una reacción frecuente en situaciones de catástrofe o de amenaza, pero no es una condición suficiente para que aparezcan conductas de pánico. Incluso las investigaciones con personas entrenadas para la guerra (aviadores e infantería norteamericana, voluntarios del Ejercito Republicano español, etc.) confirman que la mayoría aplastante de los soldados sienten miedo en el combate.
Pese a sentir y compartir un miedo intenso, muchas veces las personas llevan a cabo acciones heroicas y coordinadas (hecho mostrado no sólo entre víctimas de guerra,  sino también entre personal de profesiones peligrosas como policías o bomberos). Más aún, las  investigaciones llevadas a cabo sobre personas aterrorizadas por desastres sugieren que el  pánico es de corta duración y que, aún las personas que sienten miedo intenso y están más alteradas, pueden ser rápidamente inducidas a seguir las reglas de las autoridades y los líderes locales.
El valor adaptativo del miedo ha sido reconocido en diferentes contextos de manejo de situaciones amenazantes. Por ejemplo, entre los refugiados indígenas de Guatemala, sometidos a represiones masivas, se decía que los que se creían valientes ya no quedaban entre ellos: estos se habían quedado a afrontar o intentar esquivar la represión militar y habían muerto. Los aviadores norteamericanos, en la segunda guerra mundial, tenían un dicho que también representa la idea del valor adaptativo del miedo y la prudencia: "Hay pilotos con experiencia y pilotos sin miedo, lo que no hay son pilotos sin miedo con experiencia".
El pánico es una reacción colectiva muy temida, a pesar de no ser la más frecuente. Se puede definir como el miedo colectivo intenso, sentido por todos los individuos de una población y que se traduce por las reacciones primitivas de "fuga loca", de fuga sin objetivo, desordenada, de violencia o de suicidio colectivo1.
El pánico se define a partir de los siguientes elementos:
  • Componente subjetivo: un intenso miedo.
  • Contagio emocional: es un miedo compartido.
  • Componente conductual: asociado a huidas masivas.
  • Efectos negativos para la persona y la colectividad.
Se trata de reacciones no adaptativas, egoístas o individualistas, que producen más víctimas que la catástrofe misma que lo provoca. El comportamiento colectivo que desemboca en conductas de pánico se desarrolla a través de una cadena de pasos acumulativos y necesarios:
  • En primer lugar aparece una sensación de estar atrapado.
  • Además se da un malestar general provocado por esa sensación y se produce la imposibilidad de escapar de la situación por las diferentes rutas.
  • El tercer paso que desencadena el pánico es la dificultad de comunicarse para solicitar ayuda.
  • En cuarto lugar estaría la percepción de peligro para la vida. El pánico aparece cuando existen trabas para movilizarse hacia la huida, y cuando se percibe que no existe una coordinación, información y actuación eficaces. 

En una investigación sobre la experiencia subjetiva tras un accidente y/o catástrofe se entrevistó a un grupo de personas que habían vivido catástrofes colectivas, definidas operacionalmente como accidentes en los que estaban involucrados más de 10 sujetos. Los entrevistados indicaban si habían tenido la sensación de estar atrapados, si había maneras de escapar de la situación, si existían posibilidades de comunicarse para solicitar ayuda y si habían experimentado peligro en el momento del suceso. Se les preguntó además si habían huido y si habían vivenciado miedo o experimentado pánico.
Utilizando técnicas de análisis multivariado (regresión logística) se pudo contrastar que la sensación de miedo se veía asociada al hecho de estar atrapado y por la sensación de peligro. La huida también era precedida por encontrarse atrapado y por la sensación de peligro. Finalmente, el miedo también se asociaba a la huida con la excepción de la oportunidad de comunicarse.
En definitiva, la influencia del conjunto de las variables que clásicamente se habían asociado a las respuestas de pánico se vio confirmada. Con la excepción de que el pánico y la posibilidad de comunicarse se asociaban de forma negativa.
Sin embargo es un mito muy frecuente considerar al pánico como la experiencia típica de las catástrofes. Aún en los incidentes denominados de pánico, en los que las personas se están enfrentando con la percepción de amenaza inminente, las conductas desadaptativas no son dominantes, y son frecuentes las conductas cooperativas y coordinadas.
Realmente el pánico de masas es muy poco frecuente. Dependerá del grado de coordinación percibido, del nivel de información, de la experiencia previa y del grado de tranquilidad con que se afronta el hecho. En un primer momento, después de un gran desastre, la gente herida y confusa intenta escapar del área de peligro, entonces el mayor problema es establecer de antemano un número alternativo de rutas de escape que sean posibles, tener en cuenta las diversas maneras que hay de abandonar esa situación y planificar adecuadamente los modos de actuación, transmitiendo tranquilidad y seguridad. 
Los éxodos constituyen la variante menos extrema de las conductas colectivas. Los éxodos de la población del norte y este de Francia por el avance alemán (1914,1940), el éxodo de la población alemana huyendo del ataque soviético en 1945 y los éxodos de los habitantes de Somalia y Ruanda en la década de los 90 a causa de la guerra, son acontecimientos que reflejan esta conducta.
Las condiciones de precariedad o amenaza asociadas al éxodo suponen, frecuentemente, nuevos peligros para la vida. Así, en el accidente químico de Bopal (India) el éxodo fue una causa de la mortalidad: una proporción notable de los 2500 cadáveres que se recogieron sobre la ruta, no sólo habían sido intoxicados, sino que habían sido aplastados por los coches de gente que huía de la región. Sin embargo, en otras crisis sociopolíticas, la población, incluso en medio de situaciones de emergencia, realiza movimientos tácticos de huida, con evaluación del riesgo y de las posibilidades de permanecer en el lugar, aunque, en ocasiones, se generalicen éxodos masivos como en el caso de Guatemala (1980-1982) o Rwanda (1993-1996) como consecuencia de las masacres masivas.
Las fases sociales del afrontamiento de catástrofes colectivas
La información referente a la dinámica colectiva frente a las catástrofes, y después de ellas, es limitada. La mayoría de la investigación sobre respuestas individuales y colectivas ante catástrofes es transversal y retrospectiva.
1.- Fases previas y de alerta
Las investigaciones descriptivas han postulado la existencia de una fase previa y otra de alerta. La fase de estado previo se caracteriza por el grado de preparación de las autoridades y de la población ante la catástrofe.
En la fase previa al impacto del hecho negativo ya sea una catástrofe o un accidente tecnológico es muy frecuente que las autoridades y la colectividad nieguen o minimicen la amenaza. Así, cuando apareció la amenaza de la Peste, los médicos y las autoridades buscaron tranquilizar a la población negando la posibilidad de que ocurriera o minimizando su alcance. Se decía que no era la peste, que eran otras enfermedades más benignas, se atribuían los aumentos de mortalidad a causas menos amenazantes (los problemas de alimentación, etc.); se decía que la enfermedad era una invención de las autoridades. Actitudes colectivas similares emergían ante el caso del cólera en el siglo XIX. En el caso del SIDA ha ocurrido algo similar: por ejemplo, en Francia se minimizó el riesgo de transmisión por transfusión, con un resultado letal para muchos hemofílicos.
Al igual que con respecto a otras conductas de riesgo, se pensó que las personas se exponían a circunstancias peligrosas por falta de conocimiento. Sin embargo, se ha encontrado que el conocimiento de lo peligroso de un lugar, o su exposición a posibles catástrofes, no es un factor suficiente para evitar que la gente se exponga a él. También se ha encontrado que la gente que vive con situaciones amenazantes inhibe la comunicación sobre el peligro y lo minimiza. En este sentido, personas que viven en áreas en que existen ciertas enfermedades endémicas transmisibles, o que viven cerca de centrales nucleares, evitan hablar del tema o evalúan que el problema no les amenaza particularmente a ellos.
Las encuestas muestran que a mayor cercanía de una central nuclear más cree la gente que está segura. En el mismo sentido, los trabajadores de industrias de alto riesgo profesional se niegan a reconocer la peligrosidad de sus trabajos, hasta el punto que resulta difícil hacerles aplicar las indispensables medidas de seguridad.
La fase de alerta está delimitada entre el anuncio del peligro y la aparición de la catástrofe. Está jalonada de señales de alerta y da lugar a un estado de ansiedad útil, con vigilancia en cuanto al período de preparación y medidas de protección. Sin embargo, si es gestionada sin instrucción y sin informaciones precisas, puede dar lugar a la propagación de rumores y de pánico. A la inversa, entre las poblaciones habituadas a la catástrofe, por ejemplo gente que vive cerca de ríos que se desbordan o gente que está acostumbrada a hacer frente a tifones o tornados, puede dar lugar a un comportamiento de indiferencia aparente, que corresponde ya sea a la resignación o a la negación del peligro, centrándose, por tanto sin cambios, en actividades cotidianas.
Además de esta actitud de negación, frecuentemente se plantea que una parte de la colectividad tiene un comportamiento de aprensión o exageración de la amenaza. Aunque hay datos que apoyan esta hipótesis, en relación con la actitud de la población ante catástrofes que están emergiendo, con respecto a las respuestas de las instituciones y élites lo que predomina es el silenciamiento de las voces críticas y la reafirmación de hipótesis optimistas, que llevan a una visión de ilusión de invulnerabilidad grupal.
Entre los factores que influyen en la falta de respuesta ante la inminencia del peligro, en caso de desastres naturales y guerras, están: la dificultad de abandonar las pertenencias, tierra, etc.; la dificultad de creer en lo que está sucediendo ("eso no puede pasar aquí"); la creencia de que la protección vendrá de un ente sobrenatural (Dios); la falta de información clara y concreta; el tiempo que pasa la población en alerta; la experiencia previa que tenga de situaciones similares; la organización de la alerta inmediata, cuando el peligro se acerca de forma inminente; la credibilidad de la fuente que transmite la información sobre la amenaza y la difusión de rumores contradictorios que quitan fuerza a la indicación de huir o refugiarse.
2.- Fases de choque y de reacción
Las investigaciones fenomenológicas han incluido en esta fase los momentos de choque y de reacción. En estos momentos alrededor de un 15% de los individuos presentan una reacción patológica, otro 15% mantienen su estabilidad y el 70% restante manifiestan un comportamiento de calma en apariencia, pero que recubre una especie de anestesia emocional o una sensación de realidad aparente.
La fase de shock, breve y brutal, corresponde a un estado de estrés colectivo; una alteración afectiva, sensación de irrealidad, suspensión de la actividad y también desconcentración de la atención. Respecto al plano comportamental, es la fase de la conmoción-inhibición-estupor.
Con relación a la experiencia vivida se da el fenómeno de ilusión de unicidad (cada uno se cree el centro de la catástrofe) y una impresión de invulnerabilidad.
La fase de reacción, inmediatamente posterior a la fase de shock, se puede caracterizar por la continuidad de conmoción-inhibición-estupor en éxodo centrífugo, sin inhibición motriz, y por la agitación psicomotora o el pánico. La fase de reacción es muy breve y no sobrepasa, generalmente, unas horas.
Investigaciones recientes confirman que en el momento de la catástrofe, o cuando ésta amenaza de forma persistente, aunque los rumores sobre el fenómeno circulen, las personas prefieren no hablar ni reflexionar sobre el tema.
Este mecanismo de evitación cognitiva y comunicacional se puede explicar como una forma adaptativa de enfrentar momentos de gran tensión.
Pennebaker2, comparando dos comunidades que afrontaron una catástrofe colectiva (erupción de un volcán), encontró que en la comunidad en que el volcán había afectado poco y aún podía afectar, la gente rechazaba en mayor medida ser entrevistada sobre el hecho y declaraba no sentirse alterada afectivamente - en comparación con la comunidad en que la erupción ya había ocurrido y que sentía que la catástrofe ya había pasado. La gente que está en medio de una tarea inacabada, como afrontar una catástrofe, puede tratar de enfrentarla inhibiendo los pensamientos y sentimientos.
Que la inhibición de pensamientos, sentimientos y comunicación sobre hechos negativos sea adaptativa, no niega que tenga un coste. Un grupo de supervivientes de Chernobil describió que la gente de la ciudad cercana de Belaris había buscado mecanismos de negación del peligro para disminuir su ansiedad ("no queremos tener información") manteniendo actitudes de pasividad, impotencia y uso de alcohol. Los datos epidemiológicos sugieren que esta parálisis comunicativa e inhibición se asocian a tasas de mortalidad y morbilidad comunitarias más elevadas, en función del tiempo.
3.- Fase de emergencia y resolución contemporánea
Existe una fase de resolución, contemporánea al retorno del período de lucidez y a la estructuración social, que se asocia a la disminución de la agitación, del pánico y los éxodos, así como a la aparición de las conductas adaptadas de ayuda, de socorro y de salvamento.
Según las investigaciones longitudinales sobre las respuestas a catástrofes puntuales (erupción de un volcán, terremotos, etc.), inmediatamente después del impacto se produce una fase de emergencia, que dura entre 2-3 semanas tras del hecho. En ella se observa alta ansiedad, intenso contacto social y pensamientos repetitivos sobre lo ocurrido. Luego emerge una segunda fase de inhibición, que dura entre 3 a 8 semanas.
Esta fase se caracteriza por una importante disminución en el modo de expresarse o compartir social sobre lo ocurrido. Las personas buscan hablar sobre sus propias dificultades, pero están "quemadas" para escuchar hablar a otros. En esta fase aumenta la ansiedad, los síntomas psicosomáticos y los pequeños problemas de salud, las pesadillas, las discusiones y las conductas colectivas disruptivas.
4.- Fase de adaptación y post-catástrofe
Las investigaciones longitudinales han encontrado una fase de adaptación, alrededor de dos meses después del hecho. Las personas dejan de pensar y de hablar sobre el hecho estresante, disminuyen la ansiedad, los síntomas y los otros indicadores. Esto sugiere que preferentemente la intervención de grupos de escucha y de autoayuda debe realizarse después de dos semanas, y especialmente con grupos que después de dos meses sigue con ansiedad, rumiación y síntomas psicosomáticos.
La fase de post-catástrofe, se caracteriza por actividades de organización social, en el seno de las cuales hay que subrayar la estructuración del duelo colectivo. El efecto a largo plazo del estrés colectivo se puede manifestar bajo la forma de miedos "irracionales", no fundados en la catástrofe, miedos de epidemias, o problemas como secuelas psicosomáticas, síndrome de estrés post-traumático etc. A más largo plazo, se instala frecuentemente una mentalidad de post catástrofe, con resignación, aceptación de lo sucedido -del destino-, culpabilidad y actitud de dependencia en relación con los poderes públicos.
En esta fase también se producen esfuerzos por el retomo a la autonomía y a la actividad social. Los estudios sobre efectos psicológicos de catástrofes naturales muestran que, a los 4 meses, los problemas disminuyen sustancialmente, pero permanecen respuestas al estrés con reacciones que incluyen componentes del trastorno por estrés postraumático, particularmente problemas para dormir, anestesia afectiva, pensamientos recurrentes y evitación.
Javier Gómez Segura 2009


1 Crocq, L. (1989). Psicología de las catástrofes y de las alteraciones psíquicas. En R. Noto, P. Huguenard y A. Larcan, Medicina de catástrofes. Barcelona: Masson
2  Pennebaker, J.W. (1989). Confession, inhibition and disease. En L. Berkowitz (ed): Advances in experimental social psychology (vol 22, pp 211-244. New Tork: Academic Press

2 comentarios:

  1. Qué gran aportación Javier, un millón de gracias! Yo he encontrado algo al respecto que puede interesarte: Algunos estudios muestran que la mayoría de casos de TEPT, se resuelven por sí solos entre el primer y el cuarto mes (Foa et al 1995), Rothbaum et al (1992). Solomon y Green (1992), consideran que en desastres naturales la mayoría de síntomas han desaparecido espontáneamente a los 16 meses, salvo cuando hay una amenaza vital extrema o una destrucción y duelo masivos.
    Un abrazo gordo.

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  2. Muchas gracias. Ya me pasarás esas referencias. Un saludo.

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Resiliencia y crecimiento postraumático

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