jueves, 26 de julio de 2012

No hay comparación posible entre "el" terror y "mi" terror

No es lo mismo pensar el deseo o la muerte, que sentir mi deseo o mi muerte. Distancia entre una posición empírica y una trascendente, postula Michel Foucault.

No respetar la tensión de esa distancia crea un abismo infranqueable, un silencio imposible de colmar. Es algo que sucede a menudo. Voy a relatar una anécdota personal que apunta en este sentido. Al principio de mi exilio, en un grupo de trabajo, presento, como puedo, mi primer texto que testimonia sobre la tortura en América Latina; texto que intenta contar lo que sucede allí y probar, sin duda al mismo tiempo, que estoy vivo y puedo pensar. Un camarada, famoso en el grupo por su inteligencia y su sagacidad, me explica que eso que cuento no es nuevo ni original. Su argumentación y su demostración operan un acercamiento entre la experiencia de la tortura y la del “des-ser” (désêtre) del análisis lacaniano. Recuerdo que su certidumbre, su lucidez, su arrogancia, me hirieron y me provocaron balbuceos y rencor. Él poseía el saber correcto.

Quisiera subrayar con esta anécdota que, en relación con ese tema, existe siempre un equívoco: hay siempre un saber que se busca y que se escapa. Más allá del carácter de catarsis de mi recuerdo, él muestra cómo la posición de ese colega y la mía son, en nuestra supuesta proximidad, las de un encuentro imposible entre el saber del sabedor y el del sujeto que sufre.

El carácter personal de mi pequeña anécdota nos trasciende porque se enlaza con la del sobreviviente de Auschwitz, quien había querido encontrar su solución final dejándose morir con los otros en las cámaras de gas y fue obligado por las víctimas a sobrevivir, para cumplir su última voluntad: era necesario un testigo y un testimonio, un espacio psíquico en el que aquello pudiera inscribirse. Era necesario que el martirio se conociese, que el horror fuese patrimonio de la memoria colectiva y de la herencia cultural.

El mismo mensaje desesperado inicia el libro esencial de Robert Antelme L’Especie humaine* el grito reiterado “Ustedes, ustedes no pueden saber” que las víctimas de la tortura lanzan a todo interlocutor que no compartió sus experiencias; equívoco que una mirada analítica supone poder superar. Instituir el terror como objeto del saber (épistême) significa adentrarse en una rampa resbaladiza que lleva, si no se toman precacuciones, a una posición de voyeurismo, de fascinación del espanto, y conduce a transformar el sujeto en espectáculo para intelectuales….

La cuestión no es nimia. El testimonio desgarrante se transforma por su reiteración en melodrama de mala calidad o en pornografía. ¿Cómo escapar a la finalización, al silencio, a la tentación de eludir el problema o quedar capturado en la fascinación y reemplazar estas alternativas por el simple acto de pensar, que es en este caso la postura más difícil?

¿En qué consiste ese conocimiento del terror cuyo saber es tan necesario como imposible? He aquí algunos tanteos. Luego de la caída de la dictadura, invitamos a algunos colegas que habían permanecido en Uruguay, a trabajar el tema con nosotros. Este es un fragmento de respuesta:

“¡Me siento extraño al reflexionar sobre este tema que siento como tuyo y no como mío! Ahora empiezo a entender eso que se llama los secretos de familia, que siempre me parecieron estupideces incomprensibles. Entre quienes permanecieron aquí hay como una complicidad íntima: existen cosas de las que se habla, y otras para las cuales no hay ni signos ni códigos, solamente un temblor visceral compartido. Es el sistema neurovegetativo el que sabe; como si se fuera a chismear cosas privadas íntimas”.

En el terror la lucidez, si aparece inopinadamente, es lacerante. El pensamiento en la miseria es diferente del pensamiento inteligente. Ser lúcido sobre el terror propio es tomar conciencia de la invalidez y del oprobio. Hay entonces un esfuerzo permanente que va en el sentido del evitamiento y de la denegación. Hay que ser loco o imbécil para buscar descubrir, y querer sorprenderse y espantarse de las heridas que cada uno se esconde a sí mismo.

Por eso, en esta situación el sentido común de la palabra pensar es más para temer que para desear. Por eso la ironía de mi amigo en su respuesta a mi invitación (ni código ni signo, solamente lo neurovegetativo está concernido, solamente el temblor).

Quién se encuentra en medio del terror no está en la búsqueda del saber o de la inteligencia. Está en la búsqueda de las estrategias que le permiten continuar viviendo, él o sus ideales. Porque el terror subjetivo es siempre vivido en el agobio o en el embotamiento (y no en el saber iluminado propio de una reunión científica)….

Es una especie de imperativo primario. Hay que vivir, hay que tener el coraje de seguir viviendo, sobrevivencia del cuerpo o del pensamiento: una suerte de deber ciego, perentorio, antes que inteligente. Hay que ser loco o imbécil para pensar por sí mismo, en lugar de aceptar la realidad tal cual es. A veces no se sabe si se quiere vivir para escapar o para luchar, pero hay una especie de imperativo de construir un “otro” lugar y un “después” de la miseria actual. Es esta lógica la que yo llamo agobio y embotamiento. Ella escapa a la mirada exterior y la elección puede ser percibida como cobardía, heroísmo, traición o locura. Porque no es el espanto súbito de la catástrofe sino el desgaste cotidiano lo que deja su marca indeleble en el “no-dicho” y el “no-pensable” de todos los días.

(Marcelo Viñar, trabajo presentado en el coloquio "La terreur subjective" París, 1987.
 Publicado en Fracturas de Memoria. Ediciones Trilce, 1993)

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