martes, 24 de julio de 2012

Cuando la ley se hace despótica, las dos respuestas que propone, exige y admite, son las de un silencio cómplice o la de una soberbia que arriesga la muerte

El poder despótico escucha todo silencio como adhesión, como sumisión adaptada y cómplice. No sabe discernir una pasividad aparente que es sólo fachada, de un silencio enconado y rencoroso que contiene en su angustia una violencia simbólica, que preserva su alteridad radical frente al código tiránico y manifiesta su rebeldía en la clandestinidad o en un tiempo ulterior apropiado.

En su libro L’agonie du jour*, René Major señala cómo la generación alemana que participó en la Segunda Guerra Mundial y fue incapaz de rebelarse ante el fascismo, necesita mantener oculta esa participación. Este “no-dicho” marcará el retorno de la pesadilla, y es en la generación de sus hijos que el símbolo ahogado estalla en la violencia del terrorismo.

En relación con los modos del silencio, nos preguntamos qué pasará con las actuales y nuevas generaciones latinoamericanas, cuyos padres acomodaron alma, cuerpo e ingresos, bajo las dictaduras, y en la creencia –ilusoria- de mantener la misma libertad de pensamiento y acción “no contaminada” se identificaron con el poder, dejando que se desarrollara un sistema de horror. Tal vez la respuesta sea como la de aquel fiscal alemán, antiguo SS, que al ser descubierto su pasado, dijo: “Debía obedecer”.

Son muchos, sin embargo, los que debieron seguir viviendo bajo la dictadura. Algunos lograron una buena y exitosa adaptación. Otros, constreñidos al silencio por el horror fascista, ocultaron la angustia provocada por la pérdida de la identidad personal y social, así como el sentimiento de culpa asumido por aquellos que, representándolos, arriesgaban la vida. Es de esta angustia que brotan, se inventan y multiplican las formas de resistencia que transforman en políticos espacios que no lo eran, y se constituyen en símbolos de lo que no se pudo matar y retorna desde la muerte.

El silencio solo puede aparecer como homogéneo e inmóvil cuando se mira desde una exterioridad, desde la ceguera de la dictadura o desde el espectáculo europeo. Desde la perspectiva de la subjetividad, importa discernir el silencio adaptado del que es angustiado y contiene en su angustia la violencia. En el silencio hay que saber leer la sabiduría del pueblo, que puede contener y postergar la acción al momento que puede ser más eficaz y menos suicida (conversación con un sacerdote chileno).

Cuando la violencia despótica trata de apoderarse del cuerpo social y aspirarlo como Saturno, en un orden homogéneo, ¿qué elaboración interna es necesario procesar para ver detrás del ropaje de todopoderoso con que el discurso oficial se viste? ¿Cómo romper su lógica unidireccional cuando él es todo y yo soy nada? ¿Qué violencia interna hay que dar a luz para revelar la castración del Otro y destituirlo del lugar en que se erige? ¿Cómo reconocer el simulacro?

Esta organización fantasmática parece inverosímil si todo se apoyara en lo pensado y en lo pensable. Lo verosímil viene del hecho de que el acto, el acontecimiento atroz, refrenda la vigencia del absurdo terrorífico. Cuando el mundo de referencias imaginarias en que uno estaba inmerso, está demolido o distante, el ser que podemos reconstruir es otro, a partir de lo simbólico que se ha podido recuperar de la catástrofe. No es tan fácil ni obvio recuperar la mismidad, luego de la desposesión, recuperar los propios contornos, la identidad, el cuerpo…

La elección de un destino posible requiere trabajar con el reconocimiento de lo propio y la reputación de lo impuesto por el código tiránico. Siempre es en una captura, mezcla de lucidez y denegación, que se escoge, mal o bien, qué es lo que se puede preservar y a costa de qué entrega. Posición ésta que modifica la creencia del comienzo, de no haber sido tocado en lo sustancial de sí mismo. El ensayo repetido de la buena salida imposible, y la herida narcisista que conlleva, desemboca en el reconocimiento de que hay que entregar algo de sí a la catástrofe, que hay algo de sí que se debe dejar morir, para así poder preservar algo de lo que se siente como más esencial.

(Maren U. y Marcelo Viñar. Fracturas de Memoria, 1993)


* Major, René. L’agonie du jour, Aubier Montaigne, Paris, 1979

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