miércoles, 14 de marzo de 2012

¿Estarías dispuesto a maltratar a alguien por simple obediencia?

Stanley Milgram (1933-1984), graduado en Ciencias Políticas en Queens College, Nueva York, en 1954 y postgrado en Psicología Social en la Universidad de Yale en 1960, es considerado uno de los psicólogos sociales más importantes del siglo XX.

El 11 de abril de 1961 comenzó el juicio contra Adolf Eichmann, responsable de la logística de los campos de exterminio nazi durante la segunda guerra mundial y uno de los principales arquitectos del Holocausto. Milgram se preguntaba, no tanto como un hombre había llegado a causar semejante matanza, sino como había podido arrastrar tras de sí a toda la gente necesaria para llevarla a cabo. Personas que probablemente eran personas normales, con amigos, hijos, familias, preocupaciones y alegrías con las que todos podríamos identificarnos sin problema ¿Qué les había empujado a participar en un crimen de tal magnitud?

Preocupado por comprender estas conductas de obediencia decidió trasladarlas al laboratorio llevando a cabo unos de los experimentos más polémicos de la historia de la Psicología.

Para el experimento reclutó a sujetos voluntarios a los que se les pedía colaboración para realizar un experimento dirigido a estudiar la influencia del castigo en el aprendizaje. Engañados con esta información los sujetos participantes eran designados, aparentemente al azar, a uno de los “papeles” del experimento; unos eran “alumno” y otros “profesor” (en realidad los “alumnos” eran los verdaderos colaboradores del experimentador y los “profesores” eran los sujetos experimentales).

Así pues, el “alumno” debía aprender una lista de palabras y el “profesor” debía castigar con descargas eléctricas cada error en el aprendizaje de la lista. Entre ambas personas no había contacto visual. El “profesor” se encontraba ante un panel con 30 conmutadores que supuestamente daban descargas eléctricas desde 15 a 450 voltios, aumentando de 15 en 15 y con un cartel que avisaba de la peligrosidad de cada descarga.

En la medida en que aumentaban los errores se incrementaba también la descarga. Cuando se llegaba a descargas de 300 voltios el “alumno” gritaba y golpeaba las paredes y aunque el “profesor” quisiera detener el procedimiento, el experimentador, investido de la "autoridad de la bata blanca", le ordenaba continuar. Realmente el “alumno” no recibía descarga alguna pero el “profesor” estaba convencido de la autenticidad del castigo que estaba dispensando.

Con este diseño experimental Milgram encontró que el 65% de los sujetos que actuaron como “profesor” llegaron a activar el conmutador de 450 voltios y casi ningún sujeto se retiró antes de llegar a los 300 voltios. Este sorprendente resultado se explica por la obediencia. En primer lugar, cuando uno se presenta voluntario a un experimento hay una predisposición a cumplir las instrucciones que se reciban. En segundo lugar, en este contexto el experimentador es una figura de autoridad.

Tras estos asombrosos resultados, el mismo Milgram realizó diversas réplicas para analizar el fenómeno más a fondo.

Una primera duda que se planteaba se refería a la posibilidad de que, a pesar de la homogeneidad de la muestra, pudiese haber una tendencia a la agresividad en aquellos sujetos concretos. Milgram creía que si fuese este el caso, en una replicación del experimento en el que el “profesor” tuviese libre elección seguiría eligiendo elevados voltajes para el castigo. Repitiendo la tarea en situación de libre elección (sin la presión del experimentador) todos los “profesores” comenzaron por 15 voltios (ninguno decidió empezar con un voltaje superior), y en ningún caso se superaron los 150 voltios.

Con una segunda réplica estudió la influencia de la cercanía entre la víctima (alumno) y el verdugo (profesor). En situaciones de feedback remoto, oral, se encontró un 63% de obediencia. En situaciones de proximidad (ambos sujetos en la misma habitación) la obediencia se redujo a un 30%.

Concluyó que a medida en que la víctima se encuentra más próxima al verdugo la obediencia disminuye. En la medida en que se está más cerca se ven mejor las consecuencias de la conducta y se siente más rechazo hacia esta. Es también muy ansiógeno para el obediente victimario el hecho de que la víctima pueda ver a quién le está haciendo daño. También observó cómo, con la proximidad, es más fácil que termine por crearse un vínculo psicológico con la víctima, un sentimiento de empatía y acercamiento.

En una tercera réplica se repitió el experimento, pero en esta situación la figura de autoridad, el “experimentador” no estaba con el sujeto experimental, el “profesor”. Aparentemente entre ambos sólo había un contacto telefónico, aunque el “profesor” estaba siendo grabado en video sin que lo supiese. En esta nueva situación los resultados mostraron como lo que los sujetos tienden a hacer es obedecer menos, llegándose solo hasta un 43% de obediencia. Los sujetos mentían al experimentador a través del teléfono. La lejanía del experimentador, que era la figura de autoridad, hacía que el sujeto no llevase a cabo las conductas dañinas que se le pedían.

En una cuarta réplica se estudió la influencia del sexo del sujeto experimental (“profesor”). En este caso se buscaba explorar si los resultados permitían decidir entre dos hipótesis contrapuestas: La primera de ellas apuntaba a la posibilidad de que las mujeres fuesen más influenciables y mostrasen mayor conformidad a obedecer. La segunda de las hipótesis sostenía que la obediencia podría verse interferida debido a una  mayor capacidad para desarrollar empatía con el otro. La verdad es que no hubo diferencias significativas en los niveles de obediencia entre hombres y mujeres. Donde hubo mayor diferencia fue en los cuestionarios de ansiedad que se aplicaron posteriormente, en los que las mujeres informaban de mayores niveles de tensión durante la realización de la tarea.

Una quinta réplica analizó la influencia de tener varios “profesores” en el experimento. Se ponen tres “profesores” que tienen que repartirse el trabajo (dos de ellos son colaboradores del experimentador y el tercero, ignorante de la realidad, sigue siendo el sujeto experimental). Tras iniciarse el experimento, al llegar a los 150 voltios el “profesor” que está sentado frente al panel (es uno de los “profesores” falsos) abandona la sala y se sienta el siguiente “profesor” (también es un colaborador encubierto) que abandona el experimento a los 210 voltios, y el último “profesor” (que es el sujeto experimental) tiene que sentarse frente al panel y continuar el experimento.

Con este diseño los porcentajes de obediencia variaron mucho. Cuando el primer sujeto abandona la sala, en un 10% de los casos también la abandonan los sujetos experimentales. Cuando abandona el segundo sujeto, también lo hace el 52% de los sujetos experimentales. El 38% de los sujetos es capaz de pasar de los 210 voltios pero solo el 10% llega hasta la descarga máxima de los 450 voltios. Con estos resultados Milgram llega a la conclusión que, el ver que otros desobedecen favorece la desobediencia.

Para Milgram estos resultados se explicarían por la acción de dos procesos psicológicos: la conformidad y la suspensión de la responsabilidad.

La conformidad hace referencia a que resulta más fácil hacer caso a otros o dejarse llevar por las circunstancias, más cuanto éstas están dominadas o refrendadas por una autoridad reconocida como competente (el científico), que intentar tomar el control y guiarnos por nuestras propias opiniones y sensaciones. Si nos dicen que hay que seguir, pues hay que seguir.

La suspensión de la responsabilidad implica que ante la presencia de una autoridad (el científico) la responsabilidad de lo que pueda ocurrir, pasa automáticamente a él. Es la autoridad la que es responsable, en última instancia, de lo que le suceda a la víctima, con lo que estamos liberados moralmente de tomar decisiones.

Pero además estos dos procesos se van a ver modulados por otras dos variables: la coacción interiorizada y la despersonalización de la víctima.

Durante nuestro proceso de socialización hemos asumido la necesidad de obedecer a las autoridades que reconocemos como legítimas: jueces, agentes de policía, líderes políticos, autoridades académicas, etc. Esta norma está muy internalizada por lo que contravenirla nos genera una importante tensión interior que trataremos de evitar. Al alejarse la fuente de autoridad, al dejar de ser observados por ella, se hace más fácil la desobediencia.

Por otro lado, cuanto más lejana esté la víctima, cuanto menos la percibamos como una persona individual, más fácilmente se obedecerán las instrucciones agresivas. La deshumanización de la víctima, la etiquetación de la misma, favorece su despersonalización y el distanciamiento emocional que impide la compasión o la empatía.

Este experimento ha sido objeto de numerosas críticas, sobre todo de tipo ético, porque aunque el sujeto “alumno” realmente no recibiese descargas el sujeto “profesor” si tuvo que enfrentarse a una situación tan generadora de ansiedad como es el hecho de estar haciendo daño a otra persona. Pero también permitió esclarecer cómo no es tan extraño que personas normales puedan llegar a ejecutar conductas terribles. En opinión de Milgran es esto lo que hacemos en la vida cotidiana, formando parte de cadenas de actuación en las que no somos del todo conscientes de que constantemente estamos obedeciendo.

Milgram resumiría el experimento en su artículo Los peligros de la obediencia publicado en 1974 escribiendo: "Los aspectos legales y filosóficos de la obediencia son de enorme importancia, pero dicen muy poco sobre cómo la mayoría de la gente se comporta en situaciones concretas. Monté un simple experimento en la Universidad de Yale para probar cuánto dolor infligiría un ciudadano corriente a otra persona simplemente porque se lo pedían para un experimento científico. La férrea autoridad se impuso a los fuertes imperativos morales de los sujetos de lastimar a otros y, con los gritos de las víctimas sonando en los oídos de los sujetos, la autoridad subyugaba con mayor frecuencia. La extrema buena voluntad de los adultos de aceptar casi cualquier requerimiento ordenado por la autoridad constituye el principal descubrimiento del estudio".

Javier Gómez Segura 2012







Stanley Milgram. The Perils of Obedience (Los peligros de la obediencia. 1974)

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