domingo, 27 de julio de 2014

El horror se expresaba en la banalidad, ¿cómo se puede comprender esto?

Boris Cyrulnik
Yo no entendía nada. Me sentía mal en la escuela y era rechazado a la hora del recreo. Dora bailaba de noche y dormía de día. Estaba solo. Por suerte, Dora poseía dos grandes libros cuyas imágenes admiraba. Era una biblia ilustrada por Gustave Doré. Con ella aprendí a leer. En aquel libro encontraba historias terribles y maravillosas, templos que se derrumbaban sobre miles de hombres, niños abandonados en el desierto o degollados en su cama, hermanos mayores que vendían al pequeño, ejércitos enteros ahogados con los caballos. Maravilloso. Horrible. La vida normal, ¿no?.

Entre las hermosas imágenes y esos textos que intentaba descifrar, la historia de Lot se me quedó grabada en la memoria. Todavía hoy recuerdo con nitidez la parte izquierda de la imagen oscura donde el talento de Doré destacó a Lot huyendo con sus hijas. En la parte derecha, iluminada por el incendio de una ciudad, Sodoma o Gomorra sin duda, la mujer de Lot se volvía y, con un gesto implorante, tendía los brazos y se inmovilizaba transformándose en estatua de sal.

Contemplaba a menudo ese grabado, que adquirió para mí un valor moral: eso es lo que ocurre cuando se piensa en el pasado. La sal de nuestras lágrimas nos transforma en estatuas y la vida se detiene. No vuelvas la vista atrás si quieres vivir. ¡Adelante, adelante!

Esa historia edificante me sirvió de estrategia durante buena parte de mi vida. Adelante, no te vuelvas, no pienses más en tu pasado, de él sólo sacarás lágrimas. El futuro será de color de rosa. ¡Adelante!.

¿Es así como me habló la historia de Lot o soy yo quien la hago hablar así? Podría haber sacado otra moraleja. "Todo el mundo conoce la versión oficial del capítulo 19 del Génesis. En Sodoma, como en Gomorra, exactamente al sur del Mar Muerto (...), la corrupción estaba extendida y la sexualidad desbocada". En medio de este mar de vicio, la familia de Lot era virtuosa, ¡hasta había acogido a dos extranjeros! Así que Dios les permitió huir antes de la destrucción de aquella tierra de desenfreno. La mujer de Lot, añorando tal vez aquellos momentos de fiesta, se volvió, ¡por última vez!.

Gustave Doré
Así es como habría podido interpretarla. Hace poco he buscado el grabado de Gustave Doré que evocaba la historia de Lot. Los dos libros están aún en mi biblioteca. Los he hojeado cuidadosamente. He repasado todos los grabados cuyo recuerdo conservo nítido en la memoria, casi al detalle. Guardo las imágenes de Isaac llevando la leña de su propio sacrificio, de José vendido por sus hermanos, de Moisés rescatado de las aguas, de la muerte de Saul con el pecho atravesado por una espada y de Sansón derribando las columnas del templo, imágenes que cautivaron mi alma de niño.

Todo está grabado en mi memoria con una precisión asombrosa. Todo, excepto la huida de Lot, ¡que no encuentro! Y, sin embargo, la estoy viendo, se lo aseguro, la veo en aquel libro de páginas amarillentas. Es indiscutible, pero no está. Debí de verla en otra parte y, como hojeaba a menudo esta Biblia, la puse en ella, donde era lógico que estuviera. ¡Lógico, pero falso!.

He concedido mucha importancia a ese recuerdo falso (debería haber dicho "a ese recuerdo reconstruido a partir de fuentes distintas"), por que esa imagen me hablaba. Me decía esas gratas palabras: "Podrás vivir si lo deseas, a condición de no mirar hacia tu pasado".

¡Fácil!

Evitar la representación inquietante del pasado me permitía no angustiarme, no cavilar en exceso y no deprimirme. Pero al impedir la verdadera representación de mí, perturbaba la relación con los demás. Me sentía alegre, en paz y, de repente, cuando una palabra o un acontecimiento evocaban la ruina de mi infancia, me callaba.

En tiempos de paz, habría podido explicar lo que había ocurrido. No era "indecible", como se pretende hoy en día. Tal vez incluso, si hubiera encontrado un medio que me proporcionara seguridad, habría podido contar la guerra de una forma banal. "La guerra de una forma banal", ¿entienden? ¿Es que se puede contar "de una forma banal" la locura asesina? Esta expresión no es correcta, no era una locura asesina: una simple palabra pronunciada sin querer, un papel para firmar, la mirada de un vecino... bastaba para provocar la detención, una estrella amarilla oculta bajo un chal, justo antes de saltar por la ventana. El horror se expresaba en la banalidad, ¿cómo se puede comprender esto?.

Callándome, hacía creer que había salido indemne de la guerra. ¿Es posible?¿Es normal parecer normal después de una pesadilla diaria? No decir nada de la persecución me beneficiaba: "Adelante, adelante", como le hacía decir a Lot. Era una forma de adaptación, pero no era normal. Mi entorno era cómplice de esa negación. Los heridos se sentían felices mostrándose fuertes y sonrientes después del fragor de la guerra, y los allegados se sentían aliviados al no tener que enfrentarse a las cuestiones planteadas por la persecución.

En la época en que recibía el afecto de Dora y vivía las fiestas lujosas del Roxy, me desesperaba ser una nulidad en la escuela. Mis pésimas calificaciones confirmaban mi inferioridad, como la habían afirmado los alemanes y sus aliados colaboradores. Como yo no entendía nada, tenían razón en despreciarme y tal vez incluso en haber querido eliminarme.

Boris Cyrulnik (2013) Sálvate, la vida te espera.

Resiliencia y crecimiento postraumático

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