En
nuestra actual sociedad el estrés laboral no sólo es considerado una amenaza
para la salud de los trabajadores sino como un peligro para las mismas
organizaciones debido a los costes de absentismo, accidentes, patologías y
conflictividad laboral.
La definición del término de estrés
ha sido muy controvertida desde el momento en que se importó para la psicología
por parte del fisiólogo Selye en 1956. En la actualidad se acepta como planteamiento
más completo aquel en el que el estrés se define como la consecuencia de un
desequilibrio entre las demandas del ambiente y los recursos disponibles del
sujeto.
Toda persona hace constantes
esfuerzos para manejar adecuadamente las situaciones que
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Hans Selye |
se le presentan y sólo
cuando la situación desborda su capacidad de control se producen consecuencias
negativas. Este resultado negativo se denomina distrés, a diferencia del estrés
positivo, o eustrés, que puede ser un buen dinamizador de la actividad laboral.
Dentro
del campo del Estrés Laboral, y en lo que se refiere a los profesionales de ámbitos
asistenciales, tiene especial interés el estudio de lo que se ha venido en
llamar el “Síndrome de Burnout” o del trabajador quemado.
En
el sector de los Servicios Sociales los profesionales suelen verse en la
necesidad de implicarse en los problemas y las preocupaciones de las personas
que reciben sus servicios. En estas circunstancias, habitualmente cargadas de
estados emocionales complejos, no siempre es fácil encontrar una solución a los
problemas por lo que la interacción personal suele resultar ambigua y, en
ocasiones, frustrante pudiendo terminar por llevar al profesional a una
situación de “agotamiento”.

Con
la palabra inglesa “Burnout” se alude a esta situación de agotamiento. La misma
ya se empleaba entre atletas y deportistas para denominar ese estado en que la
persona no logra los resultados esperados de un entrenamiento, pero el concepto
aparece por primera vez en la literatura psicológica especializada en el año
1974, de la mano de Freudenberguer, para intentar dar una explicación al
proceso de deterioro en los cuidados y atención profesional a los usuarios de
las organizaciones de servicios (sanitarias, servicios sociales, educativas,
etc.).
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H. Freudenberguer |
Inicialmente
es definido como una sensación de fracaso, agotamiento emocional o sensación de
estar exhausto, producida por la percepción interior que el individuo tiene
acerca de las exigencias de su trabajo. Se trataría así de una forma de estrés
ocupacional que sufren los individuos cuyas profesiones consisten
principalmente en ofrecer servicios humanos directos y de gran relevancia para
el usuario: profesores, médicos, enfermeros, policías, cuidadores, etc.
La definición más aceptada en la
actualidad es la que formularon las psicólogas norteamericanas Christine
Maslach y Susan Jackson en 1981, que lo consideraron como una respuesta al
estrés laboral asistencial crónico caracterizada por los siguientes parámetros:
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Christine Maslach |
· Agotamiento
emocional: Se
refiere a una sensación subjetiva de falta de recursos emocionales, con sentimientos
de pérdida de energía y fatiga, con la sensación de que nada se puede ofrecer a
otra persona.
· Despersonalización:
Desarrollo de actitudes y respuestas
negativas e insensibles hacia las personas que reciben los servicios. Este
síntoma viene habitualmente acompañado de un incremento en la irritabilidad.
· Reducida
Realización Personal: Pérdida
de confianza en sí mismo y en el trabajo, lo que hace que disminuyan las
expectativas personales e implica una baja motivación, con una reducción de la
capacidad para soportar la presión, disminución de las relaciones
interpersonales-profesionales y una baja autoestima con disminución de las
expectativas de realización profesional.
Aunque
hay cierta tendencia a confundir este síndrome con el término de “estrés
laboral”, no son conceptos exactos. El Burnout sería una respuesta más de entre
las posibles que da un trabajador frente a situaciones de estrés. El estrés no
conllevaría necesariamente al Burnout. Muchos individuos son capaces de dar y
conseguir lo mejor de sí mismos en trabajos estresantes, siempre que sientan
que esto tiene sentido.
Las
características individuales tienen un papel importante en la experiencia del
estrés laboral. La combinación de una situación particular en un individuo
determinado, con sus características personales específicas puede dar como
resultado una falta de equilibrio que induzca al estrés. Hay que tener en
cuenta que los aspectos personales pueden variar en el tiempo en función de
factores tales como la edad, las necesidades y expectativas y los estados de
salud y fatiga.
Entre
los factores que influyen en el desarrollo de este síndrome destacan
características como la estructura previa de personalidad del trabajador. En diversos estudios se viene comprobando
como las personas con un patrón de personalidad de Tipo A (inestables,
activos, irritables y competitivos) son más propensas a desarrollar el Síndrome.
En general las personas con baja
autoestima son más vulnerables al estrés y tienden a desarrollar estrategias de
afrontamiento más pobres y una competencia personal menor. Además una
disminución en autoconcepto profesional suele ir asociada con altos niveles de
estrés laboral.
Otra característica del trabajador
que se está mostrando relevante es la variable que se ha denominado “Locus de control”. Una persona con locus de control externo tiende a
interpretar que los acontecimientos que le suceden, positivos o
negativos, no están relacionados con su propia conducta, es decir, se encuentran
fuera del control personal. En general las personas que muestran este tipo de orientación
externa tienen una mayor insatisfacción laboral, mayor estrés y menor
autoestima.
No todas las organizaciones tienen
la misma probabilidad de tener en su plantilla trabajadores “quemados”. Las
variables organizacionales tienen mucho que decir al respecto. En aquellas
organizaciones en las que hay escasez de refuerzos o reconocimientos, y se
mantienen reacciones poco positivas hacia el trabajador por parte del inmediato
superior, la incidencia del Síndrome es mayor. La percepción de falta de
refuerzos es una de las tres variables más importantes para la predicción del Burnout,
junto a la rigidez organizacional y el bajo apoyo social que percibe el
individuo.
La
falta de claridad o la excesiva ambigüedad en las funciones a realizar por el
trabajador son también relevantes fuentes de estrés. Tanto las situaciones de conflicto
de rol como las de ambigüedad de rol son variables muy importantes en la
predicción del estrés laboral.
Otra característica del puesto de
trabajo que puede aumentar la vulnerabilidad del trabajador se refiere a la autonomía personal que tiene el individuo para desarrollar su trabajo, o por contra, si depende siempre de un superior cuando tiene que tomar decisiones. El no tener apenas margen para tomar decisiones propias sobre el trabajo es un importante factor inductor de estrés laboral.
El
desarrollo de la carrera profesional, entendido
como la secuencia de actividades y conductas relacionadas con el trabajo, donde
el individuo al principio se marca y crea unas expectativas -a veces falsas e irreales- sobre su trabajo
es muy relevante. Si las creencias y expectativas del sujeto están alejadas de
la realidad de la organización sufrirá periodos de frustración, ansiedad y
desilusión.
Una
variable fundamental de la organización es la cohesión grupal, la carencia de apoyo por parte de compañeros y/o
superiores en relación a la tarea que desempeña el trabajador es un gran
predictor de Burnout.
Esta importancia del soporte
social se extiende también fuera de los ámbitos estrictamente laborales. El
soporte que la persona obtiene en su relación con los círculos sociales en los
que se mueve, especialmente el grupo de amigos y la familia, es un factor de
protección. La relación familiar es uno de los más importantes, o el que más,
ya que puede suponer una fuente de tensión permanente a lo largo de la vida
profesional de la persona.
De manera general las personas con
pareja estable, amigos y familia que les proporcione recursos materiales y
psicológicos, tienen niveles de salud más altos que aquellos con un apoyo
social bajo.
En el desarrollo del Síndrome
podemos observar varias etapas:
1.- Etapa inicial o de entusiasmo: aparece
durante los primeros años del ejercicio de la profesión, período en el que las
expectativas laborales están idealizadas, el trabajo se siente como algo estimulante y
atractivo, existiendo una elevada motivación e identificándose de forma
positiva con su entorno laboral, las personas con las que se trabaja y en
general con toda la organización.
2.- Etapa de estancamiento: En esta etapa
empieza a producirse una ruptura entre las expectativas iniciales y la
realidad. El trabajador no siempre se siente recompensado o valorado por los superiores, los
usuarios de su servicio o la propia sociedad. Empieza a tomar conciencia de que
una excesiva involucración en el trabajo puede dar lugar a un descenso de otras
actividades interesantes y/o placenteras. Aunque el trabajo todavía representa una fuente de
realización personal, se empieza a replantear la relación entre esfuerzo
personal y beneficios.
3.- Etapa de frustración: constituye
el núcleo central del síndrome de desgaste profesional y se caracteriza por el
cuestionamiento del valor del trabajo en sí mismo. La sensación general de
frustración se ve intensificada por el contagio que suponen los compañeros en
situación similar. Hay un descenso de la motivación hacia los usuarios e
incluso, en ocasiones, actitudes abiertamente negativas hacia los mismos. Se cuestiona la
eficacia del esfuerzo personal frente a los obstáculos derivados de las
demandas del trabajo. Todavía existe la posibilidad de afrontar la situación y
encauzar el malestar hacia una nueva fase de entusiasmo, aunque la falta de
recursos personales y organizacionales puede condicionar el tránsito a una fase
de apatía. Se empieza a sentir el trabajo como algo carente de sentido,
planteándose dudas sobre la decisión de haber elegido la profesión más adecuada
y se empieza a ver de forma negativa todo lo relacionado con el trabajo.
4.- Etapa de apatía: a
modo de mecanismo de defensa aparece una gradual indiferencia y falta de
interés hacia la persona que recibe el servicio. Se establece un sentimiento de
vacío que se puede expresar como distanciamiento emocional, desprecio y cinismo
hacia los usuarios. El profesional desarrolla un distanciamiento de lo laboral, con inhibición
y evitación de la actividad profesional.
5.- Etapa del quemado: ni siquiera con el
alejamiento temporal de la tarea (con unas vacaciones) se logra una reducción
de los síntomas, el trabajador se encuentra en una situación de colapso físico,
emocional y cognitivo. Se plantea como única solución el dejar el empleo, ser
trasladado, o arrastrar una vida profesional presidida por la frustración y la
insatisfacción, incapacitando a la persona tanto en la esfera laboral como en
la personal.
Esta respuesta que se inicia como un
mecanismo de defensa, como una estrategia de afrontamiento a las fuentes de
estrés laboral asistencial, finalmente se convierte en un problema en sí misma. Sus
tres componentes (agotamiento emocional, despersonalización y sentimientos de
inadecuación profesional) están ligados entre sí a través de una relación
asimétrica en la que el primero conduce a los otros dos.
Una
vez desarrollado el Síndrome ya se comporta como una variable continua, que se
extiende desde una presencia de nivel bajo o moderado hasta altos grados de
intensidad. Además la progresión no es lineal; más bien se trata de un proceso
cíclico que puede repetirse varias veces en el tiempo, de forma que una persona
puede experimentar los tres componentes varias veces en distintas épocas de su
vida y en el mismo o diferentes trabajos.
La
recuperación de este tipo de trabajadores es un reto para el que aún no tenemos una respuesta satisfactoria. En el campo del estrés laboral la intervención
tradicional suele olvidar en muchas ocasiones los aspectos organizacionales de
la cuestión, atribuyendo así el problema al individuo y situando bajo su responsabilidad
la realización de los cambios para solucionarlo.
Pero
el estrés laboral no puede ser enfocado sólo como un problema de los
individuos, sino de toda la organización. Se hace necesario tomar conciencia de
la importancia de articular programas de intervención y prevención centrados en
variables organizacionales.
El objetivo de disminuir la carga de estrés de los trabajadores debe ser
preventivo y esta prevención debe comenzar desde el proceso de diseño de la
misma organización. De la misma forma que se piensa y se tienen en cuenta los
mercados, los consumidores, la tecnología o los proveedores, la atención a los
posibles procesos disfuncionales y estresantes de la organización debe ser otra
pieza del entramado organizacional de las empresas e instituciones.
Lograr una intervención preventiva y paliativa puede ser relativamente sencillo si se tienen en cuenta variables que son relevantes durante el proceso de diseño inicial de una organización. O incluso, efectuando un rediseño parcial de los procedimientos o las condiciones ambientales, el enriquecimiento del puesto de trabajo, el clima organizacional , los horarios o los estilos de liderazgo. Sin embargo, será casi imposible la recuperación del trabajador ya "quemado". Para él probablemente será inevitable el cambiar de organización y/o de actividad.

Las consecuencias del problema son
potencialmente muy serias, tanto para los profesionales como para las
instituciones de que dependen, debido al incremento del absentismo laboral, la
desmotivación laboral y la ineficacia del trabajo en equipo. Pero además de los
problemas de tipo médico, con el sufrimiento humano que suponen, no debemos
dejar de contemplar otros costos graves e importantes. En último término la
principal víctima de esta situación es la propia sociedad que deja de recibir
un servicio de la calidad que merece y necesita.
Javier Gómez Segura, 2014