Uno a veces no sabe qué da más miedo, si la conducta horrible del agresor o la culpable cobardía del vecino que "no ha visto nada".
Tras sus anteriores trabajos, "Tabaco y menta" y "Buenos días Pilar", AELO es el tercer cortometraje del director riojano Antonio Gómez, con el que ha conseguido rodar una dura historia que va más allá del simple relato de un episodio de violencia doméstica, de esos que tristemente solemos encontrar con frecuencia en la prensa. Antonio Gómez sugiere a través de su película una reflexión distinta: ¿Quién es peor? ¿el que pega una brutal paliza o el que da la espalda a las víctimas, callando lo que ve?
Según el propio director: "La historia surgió a raíz de las muchas noticias sobre malos tratos que aparecen en los telediarios. Siempre me ha llamado la atención el hecho de que salgan vecinos o conocidos de la víctima diciendo que ellos nunca han visto nada raro".
Con escasos medios técnicos (rodado con una sola videocámara) y sin financiación externa, la narración es tan brillante que hace que sus limitaciones técnicas no tengan ninguna importancia. El director mostró su cortometraje en una red social y en apenas un mes la respuesta del público ha sido tan favorable que se reconoce abrumado. La película ha recibido numerosas visitas en Youtube y sus recomendaciones se van extendiendo por todas las redes sociales. Pero lo más importante para el propio director es que numerosas asociaciones que luchan contra los malos tratos le están pidiendo su autorización para utilizar el corto. "He recibido llamadas de grupos de Sevilla, de Granada, Almería, Madrid, Zaragoza. Me dan las gracias por haber tratado este tema, sin embargo soy yo el que está realmente agradecido".
Los actores del reparto: Adrián Gómez, Laura Reyes, Luis Garbayo, Ramón Fernández, Sandra Díaz, Alberto San Emeterio, Cristina Díez, Andrea Cruz, Inés Sáez, Pilar Sigüenza y Ernesto Reinares, son en su mayoría miembros del grupo de teatro de Calahorra "La Canilla".
Irena Sendler nació el 15 de febrero
de 1910 en Varsovia (Polonia) en el seno de una familia católica. Su padre,
Stanisław Krzyżanowski, era un médico reconocido que falleció en 1917 a causa
de un tifus contraído al tratar a varios pacientes rechazados por otros colegas
debido a su origen judío. Tras su muerte, los líderes de la comunidad judía de
Varsovia se ofrecieron para pagar los estudios de Irena.
Cuando Alemania invadió el país en 1939, Irena era la administradora del Departamento de Bienestar Social de Varsovia, el cual
llevaba los comedores comunitarios de la ciudad. Allí trabajó incansablemente
para aliviar el sufrimiento de miles de personas, proporcionando no sólo comida para huérfanos,
ancianos y pobres sino que además entregaban ropa, medicinas y dinero.
En 1942 los nazis crean el guetto judío de Varsovia, e
Irena, horrorizada por las condiciones en que se vivía allí, se une a un grupo
clandestino para la ayuda de los judíos denominado “Zegota” que estaba dirigido por el miembro de la resistencia polaca Wladyslaw-Bartoszewski
Wladyslaw-Bartoszewski
Con el apoyo de este grupo consigue documentos falsos y organiza una red
de 25 colaboradores, casi todos mujeres, para acceder regularmente al guetto,
contactar con las familias judías y sacar clandestinamente a los niños con el fin
de salvarlos de los inminentes asesinatos que sospechaban iban a suceder..
Ella misma lo cuenta:
"Conseguí, para mí y mi compañera Irena Schultz,
identificaciones de la oficina sanitaria, una de cuyas tareas era la lucha
contra las enfermedades contagiosas. Más tarde tuve éxito en conseguir pases
para otras colaboradoras. Como los alemanes invasores tenían miedo de que se
desatara una epidemia de tifus, toleraban que los polacos controláramos el
recinto."
Irena Sendler
Durante un año y medio, hasta la evacuación del guetto
en el verano de 1942, consiguió rescatar a más de 2.500 niños por distintos
caminos: comenzó a sacarlos en ambulancias como víctimas de tifus, pero pronto
se valió de todo tipo de subterfugios que sirvieran para esconderlos: sacos,
cestos de basura, cajas de herramientas, cargamentos de mercancías, bolsas de
patatas, ataúdes..., en sus manos cualquier elemento se transformaba en una vía
de escape. Una vez fuera del guetto los ocultaba en hogares de familias
polaco-católicas, en conventos y en orfanatos.
Entre los miles de niños y bebés rescatados, uno de los
ejemplos que pasó a la posteridad fue el de Elzbieta Ficowska. Ella tenía cinco
meses cuando una colaboradora de Sendler le suministró un narcótico y la colocó
en una caja de madera con agujeros para que entrara el aire. Fue sacada del
guetto junto con un cargamento de ladrillos en julio de 1942. La madre de
Elzbieta escondió una cuchara de plata entre las ropas de su bebé. La cuchara
llevaba grabado su apodo, Elzunia, y la fecha de nacimiento: 5 de enero de
1942.
Elzbieta Ficowska
Elzbieta fue criada por la ayudante de Sendler, Stanislawa Bussoldowa,
una viuda católica. Ficowska dijo más tarde que la fallecida Bussoldowa fue su
"madre polaca", para distinguirla de su "madre judía".
Durante meses, la madre de Elzunia llamó por teléfono para escuchar los
balbuceos de su hija. Muertos sus padres en el guetto, la joven salvada Elzbieta
Ficowska fue años después conocida con el apodo de "la niña de la cuchara
de plata", y muchos años después acompañó y cuidó a Irena en su vejez.
De entre todos aquellos niños sobrevivientes, también son
hoy conocidos por ejemplo: Renata Zajdman, Marcel Fremder, Rene Lichtman o
Piotr Zettinger (pintor que vive en Suecia).
Renata Zajdman y Elzbieta Ficowska
Irena, cuyo nombre en clave de activista clandestina era
"Jolanta", quería que los
niños pudieran un día recuperar sus
verdaderos nombres, su identidad, sus historias personales y sus familias, por
lo que iba guardando en dos frascos de cristal los nombres y apellidos de cada
niño y el destino o institución donde era escondido, creando así un archivo que
posteriormente enterró junto a un
manzano en el patio de un amigo, para asegurarse de que esas notas llegasen a
las manos indicadas si ella moría.Todo ello con el fin de, una vez acabada la
guerra, poder conectarlos de nuevo con sus familias de origen.
El 20 de octubre de 1943 fue detenida por la Gestapo y
llevada a la prisión de Pawiak, donde fue encerrada, interrogada y brutalmente
torturada durante meses. Soportó sus tormentos sin desvelar la identidad de sus
colaboradores ni el nombre ni el destino de los miles de judíos que ella y su
grupo habían salvado. “Callé. Prefería morir que revelar nuestras actividades”,
dijo al ser entrevistada por Anna Mieszkowska con motivo de la elaboración de su libro "Madre de los niños del Holocausto: la
historia de Irena Sendler”.
Finalmente fue
sentenciada a muerte, pero en el momento en que la iban a fusilar junto a otras
colaboradoras suyas, fue sacada de la fila por un soldado alemán con la excusa de un
"interrogatorio adicional" y una vez lejos del pelotón de fusilamiento
le gritó en polaco: "¡Corra!".
Al día siguiente halló su propio nombre en la lista de los polacos
ejecutados. La resistencia polaca había sobornado a un agente de la Gestapo, quien
escribió el nombre de Sendler en una lista de reos ejecutados y la permitió huir. A partir de aquí, Irena pasó a la clandestinidad
hasta 1945 en que el nazismo fue derrotado.
Adolf Berman
Al finalizar la guerra, ella misma pudo desenterrar los
frascos y entregar las notas al doctor Adolf Berman, el primer presidente del
Comité de Salvamento de los judíos sobrevivientes. Irena intentó con sus
colaboradores devolver los niños salvados a sus familias judías originarias;
pero resultó que casi todas habían sido exterminadas en Treblinka y otros
campos de concentración. Los chicos que no tenían una familia adoptiva fueron
cuidados en diferentes orfanatos y poco a poco fueron enviados a Israel.
En 1965, el "Yad Vashem", institución judía
encargada de mantener la Memoria del Holocausto, teniendo conocimiento de lo
que Irena había hecho, le otorgó la altísima distinción de «Justo entre las
Naciones», su nombre se inscribió en el Muro de Honor del Jardín de los Justos
en Jerusalén y se plantó un árbol conmemorativo en su recuerdo. Al pie del árbol se
encuentra una placa con su nombre.
Sin embargo, la ejemplar y heroica vida de Irena Sendler,
siguió opacada tanto a nivel de Polonia, donde al comunismo no le interesaba
hacer popular a una católica salvadora de judíos, como a nivel mundial.
Según Michal Glowinski, crítico literario a quien Sendler ocultó en un convento siendo niño en enero de 1943, el régimen comunista había hecho de la historia judía un tema
vedado. Además, Sendler fue integrante del Partido Socialista, lo cual le
ocasionó problemas con los comunistas. Glowinski señala cómo los interrogatorios y el
hostigamiento de la policía secreta provocaron el nacimiento prematuro de su
hijo Andrzej, quien murió dos semanas después. Y sus hijos Janina y Adam tuvieron que enfrentar importantes obstáculos para recibir educación.
En su libro de memorias "The black seasons", Michal Glowinski, que al final pudo reencontrarse con sus padres escapados también del gueto, reconoce: "Le debo mi vida a la señora Sendler”.
No será hasta 1994, curiosamente a raíz de la exitosa película de
Steven Spielberg, "La lista de Schindler" (USA 1993), cuando un maestro de
Kansas, EE.UU., dio un artículo de prensa a cuatro de sus estudiantes (Megan
Stewart, Liz Cambers, Sabrina Coons y Jessica Shelton) para que buscaran
información acerca de una tal Irena Sendler, quien según el citado artículo,
titulado "Otros Schindler", había salvado a 2500 niños judíos en
1942, lo cual al profesor le extrañó mucho pues no había información histórica
sobre una gesta tan humanitaria.
Los estudiantes se pusieron a investigar y su sorpresa fue
mayúscula cuando comprobaron que la hazaña de Irena Sendler había sido real y
ella aún estaba viva. La movilización de estos estudiantes facilitó sacar a la
luz la historia de Irena Sendler —enterrada en el anonimato más lamentable tras
el telón de acero comunista— dando a conocer a través de internet y de otros
medios su extraordinaria hazaña.
Order Orla Bialego
En 2003, cuando la historia de Irena Sendler llevaba
difundiéndose a escala global desde hacía varios años, llegó a recibir una carta
de reconocimiento del Papa Juan Pablo II y también el homenaje del Presidente
de la República de Polonia, Aleksander Kwasniewski, quien le otorgó la más alta
distinción civil del país: la Orden del Águila Blanca (Order Orła Białego). En el acto de recogida de esta condecoración Irena fue acompañada por sus familiares y por Elzbieta Ficowska, "la niña
de la cuchara de plata".
Los niños sólo conocían a Irena por su nombre clave
"Jolanta". Pero años más tarde, cuando su foto salió en la prensa
tras ser premiada por sus acciones humanitarias durante la guerra, un hombre la
llamó por teléfono y le dijo: "Recuerdo su cara, usted es quien me sacó
del Gueto." Y así comenzó a recibir muchas llamadas y reconocimientos.
Irena Sendler
Irena Sendler nunca pensó que recibiría homenaje alguno por
sacar subrepticiamente a los 2.500 niños judíos del gueto de Varsovia, ni por
soportar las torturas de los nazis o pasar décadas hostigada por el régimen
comunista que siguió a la guerra. Según ella lo expresó, "esos actos
fueron la justificación de mi existencia en la tierra, y no un título para
recibir la gloria". En referencia a las visitas incesantes que recibía,
expresó: "Estoy muy cansada; esto es demasiado para mí".
En el año 2007 el gobierno de Polonia la presentó como
candidata para el premio Nobel de la Paz. Esta iniciativa fue del Presidente
Lech Kaczynski y contó con el apoyo oficial del Estado de Israel —a través de
su primer ministro, Ehud Ólmert— y de la Organización de Supervivientes del
Holocausto residentes en Israel. Las autoridades de Oświęcim (Auschwitz en
alemán) expresaron también su apoyo a esta candidatura, ya que consideraron que Irena
Sendler fue uno de los últimos héroes vivos de su generación, y que demostró
una fuerza, una convicción y un valor extraordinarios frente a un mal de una
naturaleza extraordinaria. Finalmente el galardón fue concedido a Al Gore.
Irena Sendler en 2005
Al final de su vida
Sendler, siempre vestida de negro –en señal de luto por su hijo
Adam, quien falleció de insuficiencia cardíaca en 1999– sí fue considerada una
heroína, pero ya no podía caminar y pasaba
buena parte del tiempo en una silla, cerca de una ventana y de una mesa
cubierta con floreros, fotografías y medicamentos. Irena Sendler falleció en
Varsovia (Polonia), el 12 de mayo de 2008, a los 98 años de edad.
Su epopeya ha sido llevada a la pantalla en el año 2009 con la película "The Corageous Heart of Irena Sendler", film dirigido por John Kent Harrison, inspirado en la biografía escrita por Anna Mieszkowska, y protagonizado por Anna Paquin en el papel de Irena por el que consiguió una nominación al Globo de Oro.
Nacido en Gloucester, Inglaterra, el 23 de agosto de 1849,
el poeta, editor y crítico literario, William Ernest Henley era el mayor de una
familia de seis hijos. Su padre era un librero y papelero que murió en 1868
dejando a la familia con bastantes deudas, su madre, Mary Morgan, era
descendiente del poeta y crítico, Joseph Warton.
Entre 1861 y 1867 Henley fue alumno de la Crypt School, escuela
de educación secundaria fundada en 1539 y que en aquellos momentos (entre 1857
y 1863) estaba dirigida por el brillante poeta y académico T.E. Brown. Aunque
breve, la relación de Henley con su profesor supuso una verdadera revelación ya que
le permitió conocer a un poeta y un "hombre de genio, el primero que había
visto nunca". Este fue el comienzo de una amistad para toda la vida.
Desde la edad de 12 años le había sido diagnosticada una
artritis tuberculosa que a menudo le impedía acudir a la escuela y que años
después hizo necesaria la amputación de su pierna izquierda, justo por debajo
de la rodilla. El otro pie se pudo salvar gracias a una cirugía radical
practicada por el famoso cirujano Joseph Lister de la Royal Infirmary de
Edimburgo. En 1867 había logrado pasar
con éxito el examen de entrada a la Universidad de Oxford, pero a causa de esta
intervención quirúrgica se vio obligado a pasar tres años en el hospital (1873-1875),
lugar donde escribió varios poemas de verso libre con los que posteriormente se granjeó una importante reputación.
Entre sus libros de poemas destacan “A Book of Verses”
(1888), donde publicó por primera vez uno de los poemas que había escrito en
1875, en la cama del hospital, poema que aún no tenía título, pero que posteriormente
llegaría a ser uno de sus poemas más conocidos: "Invictus”.
Otros importantes libros de poemas serán "Canción de
la espada" (1892), "London Voluntaries" (1893), "Colección
de Poemas" (1898), "Hawthorn and Lavender" (1901) y el libro
titulado "In Hospital" (1903), donde volverá a publicarse el poema,
esta vez ya titulado con esa palabra latina que denomina esta condición de
inconquistable:
INVICTUS
Out of
the night that covers me,
Black as
the pit from pole to pole,
I thank
whatever gods may be
For my
unconquerable soul.
In the
fell clutch of circumstance
I have
not winced nor cried aloud.
Under
the bludgeonings of chance
My head
is bloody, but unbowed.
Beyond
this place of wrath and tears
Looms
but the Horror of the shade,
And yet
the menace of the years
Finds
and shall find me unafraid.
It
matters not how strait the gate,
How
charged with punishments the scroll,
I am the
master of my fate:
I am the
captain of my soul.
Desde la noche que sobre mí se cierne,
negra como su insondable abismo,
agradezco a los dioses si existen,
por mi alma invicta.
Caído en las garras de la circunstancia,
nadie me vio llorar ni pestañear.
Bajo los golpes del destino,
mi cabeza ensangrentada sigue erguida.
Más allá de este lugar de lágrimas e ira
yacen los horrores de la sombra,
pero la amenaza de los años,
me encuentra, y me encontrará, sin miedo.
No importa cuán estrecho sea el camino,
cuán cargada de castigo la sentencia.
Soy el amo de mi destino;
soy el capitán de mi alma.
Se dice que "Invictus" fue escrito como una
demostración de su capacidad de recuperación después de la amputación de su pie
debido a la infección tuberculosa. Este poema apasionado y desafiante se puede comparar
con su aceptación hermosa y contemplativa de la muerte y el morir que muestra en otro impresionante poema: "Margaritae Sorori”.
MARGARITAE SORORI A late
lark twitters from the quiet skies:
And from
the west,
Where
the sun, his day’s work ended,
Lingers
as in content,
There
falls on the old, gray city
An
influence luminous and serene,
A
shining peace.
The
smoke ascends
In a
rosy-and-golden haze. The spires
Shine,
and are changed. In the valley
Shadows
rise. The lark sings on. The sun,
Closing
his benediction,
Sinks,
and the darkening air
Thrills
with a sense of the triumphing night—
Night
with her train of stars
And her
great gift of sleep.
So be my
passing!
My task
accomplished and the long day done,
My wages
taken, and in my heart
Some
late lark singing,
Let me
be gathered to the quiet west,
The
sundown splendid and serene,
Death.
Un último gorjeo de alondra desde los cielos tranquilos;
Y desde el oeste,
donde el sol, su jornada de trabajo terminada,
persiste en sí contenido,
allí cae en la ciudad vieja, gris,
una influencia luminosa y serena,
una paz que brilla. El humo asciende
en una nube color de rosa-y-dorado. Las agujas
brillan, y se cambian. En el valle,
sombras aumentando. La alondra canta. El sol,
cerrando su bendición,
hundiéndose, y el aire oscureciendo
emociones con un sentido de la noche triunfante -
Noche con su séquito de estrellas
Y su gran don del sueño.
Así mi muerte!
Mi tarea realizada y cumplido el día,
mi sueldo recibido, y en mi corazón
alguna alondra tardía cantando,
Permítanme ser recogido por el oeste tranquilo,
La puesta del sol espléndido y sereno,
Muerte.
Este poema estaba dedicado a su pequeña hija Margaret que
murió, a los 5 años de edad, de tuberculosis, y a la que su gran amigo, el
famoso autor Sir James M. Barrie solía llamar su "fwendy-wendy",
nombre que, en su honor, inmortalizó en el personaje de Wendy de su clásico infantil “Peter Pan”.
Henley fue crítico y editor de la “Art Review” (1882-86), y en
1889 se convirtió en el editor del “Scots Observer”, una revista de Edimburgo similar a la antigua
Saturday Review que más tarde se convertiría en el “National Observer” y que
dirigió, ya desde Londres, hasta 1893. Su periódico publicó los primeros
trabajos de Thomas Hardy (1840-1928), George Bernard Shaw (1856-1950), H.G.
Wells (1866-1946) y Rudyard Kipling (1865-1936). También editó (junto a T.F.
Henderson) la edición centenaria de los poemas de Robert Burns, y fue uno de
los compiladores de un diccionario en 7 volúmenes de idiomas (1894-1904). Gracias
a su actividad editorial pudo entablar amistad con escritores y artistas de gran prestigio.
Otro de sus amigos muy cercanos fue Robert Louis Stevenson
que, inspirado en el gran tamaño de Henley, su carisma personal y su incapacitación
física, nos dejó otro legado literario en la forma de “Long John Silver”, ese
personaje de su novela, la "Isla del Tesoro" (1883), que describía como "jovial, brillante, asombrosamente inteligente, compañero de anchos hombros, con pata de palo, una muleta, una gran barba roja y una carcajada que retumba como música".
El propio Stevenson, en una carta escrita a Henley poco
después de la publicación de “La isla del tesoro” escribió: “la idea del hombre
mutilado, dominante y de voz atronadora, fue tomada totalmente de ti”.
La fuente de inspiración que ha supuesto la figura de
Henley y su poema “Invictus” no acaba aquí. Así, en la película del mismo
nombre, producida y dirigida por Clint Eastwood en el año 2009, y protagonizada
por Morgan Freeman y Matt Damon, se hace referencia al poema en varias
ocasiones.
La película cuenta los primeros años vividos en Sudáfrica
tras la abolición del sistema segregacionista del Apartheid. Años después de su
liberación en 1990, el líder activista Nelson Mandela logra llegar a la
presidencia de Sudáfrica, y desde ese puesto se dispone a construir una
política de reconciliación entre la mayoría negra, que fue oprimida en el
Apartheid, y la minoría blanca, que se muestra temerosa de un posible
revanchismo por parte del nuevo gobierno.
Para tal fin, Mandela fija su atención en la selección
sudafricana de rugby, conocida como "Springboks". Este equipo no pasa
por una buena racha deportiva y sus fracasos se acumulan; además, no cuenta con
el apoyo de la población negra, que lo identifica con las instituciones del
apartheid. Mandela se da cuenta de que la población negra asistía a los juegos
de los "Springboks" solo para apoyar a los contrarios, algo que él
recordó que también hacía cuando estaba en prisión.
Debido a que Sudáfrica sería la sede de la Copa Mundial
de Rugby de 1995, a un año de aquel entonces, Mandela decide apoyar al equipo
nacional y para ello convence a las nuevas autoridades del Comité de Deportes
Sudafricano, compuesta en su mayoría por dirigentes de raza negra, de que se
unan a él en el apoyo a los "Springboks". Mandela convoca entonces al
capitán del equipo, François Pienaar, a una reunión en la cual le señala que el
triunfo de la selección de rugby en la Copa Mundial sería un logro capaz de
unir e inspirar a una nación, y como muestra de ello, comparte con el
deportista el poema escrito por Henley que le sirvió de inspiración durante sus
años de prisión.
Henley murió el 11 de julio de 1903 a los 53 años en su
casa de Woking (cerca de Londres) y sus cenizas fueron enterradas en la tumba
de su pequeña hija Margaret, en el cementerio de Cockayne Hatley en
Bedfordshire.
Los hombres ya han vuelto a tomar contacto con la
amabilidad. Se cruzan, acercándoseles mucho, con los soldados americanos, miran
sus uniformes. La vista de los aviones que vuelan muy bajo les produce placer.
Pueden dar la vuelta al campo si lo desean, pero si quisieran salir les dirían
–de momento- simplemente: “Está prohibido, vuelvan a entrar, por favor”.
Son amables con ellos, y ellos también son amables. Cuando
les dicen: “van ustedes a comer”, se lo creen. Desde ayer ya no desconfían de nada.
Sin embargo, no pueden decir que estos soldados los quieran especialmente. Son
soldados. Vienen de lejos, de Tejas, por ejemplo; han visto muchas cosas. Sin
embargo, no se esperaban esto. Acaban de destapar un extraño puchero. Es una
ciudad extraña. Hay muertos por el suelo, en medio de la basura, y unos tíos
que se pasean alrededor. Los hay que miran insistentemente a los soldados.
También los hay acostados en el suelo, con los ojos abiertos, que ya no miran
nada. Hay también tipos que hablan correctamente y que saben cosas sobre la
guerra. También hay tipos que se sientan al lado de las basuras y se quedan
cabizbajos indefinidamente.
Los soldados piensan quizás que no hay gran cosa que
decirles. Los han liberado. Sus músculos y sus fusiles. Pero no tienen nada que
decir. Es horroroso, sí, eso es cierto, ¡esos alemanes son algo más que unos
bárbaros! Frightful, yes, frightful!
Sí, verdaderamente horroroso.
Cuando el soldado dice esto en voz alta, algunos intentan
contarle cosas. El soldado escucha al principio, luego los tipos ya no paran:
ellos cuentan, cuentan, y en seguida el soldado deja de escuchar.
Algunos mueven la cabeza y sonríen apenas al mirar al
soldado, de modo que el soldado podría creer que lo desprecian un poco. Es
porque la ignorancia del soldado se hace patente, inmensa. Y al preso se le
revela por primera vez su propia experiencia, como ajena a él, en su totalidad.
Delante del soldado, bajo esa reserva, ya siente surgir dentro de sí el
sentimiento de poseer, de ahora en adelante, una especie de conocimiento
infinito, intransmisible.
También hay otros que dicen con el soldado y con su mismo
tono: “¡Sí, es escalofriante!” Éstos son mucho más humildes que los que no
hablan. Al repetir la expresión del soldado, le dejan creer que no hay lugar
para otro juicio que no sea el que él emite; le dejan creer que él, un soldado
que acaba de llegar, que está limpio y es fuerte, ha captado cabalmente toda
esta realidad, ya que ellos mismos, presos, dicen lo mismo que él al mismo
tiempo, con el mismo tono; que de alguna manera están de acuerdo. Finalmente,
algunos parecen haberlo olvidado todo. Miran al soldado sin verlo.
Las historias que los tipos cuentan son todas ciertas. Pero
se necesita mucha habilidad para transmitir una parcela de verdad, y, en estas
historias, no existe esta habilidad capaz de vencer la obligada incredulidad.
Aquí habría que creerlo todo, pero la verdad, al ser oída, puede resultar más
pesada que una fabulación. Una pizca de verdad bastaría, un ejemplo, una
noción. Pero aquí cada cual tiene más de un ejemplo que ofrecer, y hay millares
de hombres. Los soldados se pasean por una ciudad en la que sería necesario
unir todas las historias una tras otra, en la que nada es desdeñable. Pero
nadie tiene ese vicio. La mayoría de las conciencias se contentan con poco y
con algunas palabras se forman una opinión definitiva de lo que no se puede
llegar a conocer. Entonces por fin se cruzan tranquilamente con nosotros, se
acostumbran al espectáculo de esos miles de muertos y de agonizantes (Es más,
más adelante incluso, cuando Dachau esté en cuarentena a causa del tifus,
llegarán a meter en la cárcel a algunos presos que quieren salir del campo a
toda costa).
Inimaginable es
una palabra que no divide, que no restringe. Es la palabra más cómoda. Pasearse
con esta palabra como escudo, la palabra del vacío, y ya está; el paso coge
aplomo, se vuelve firme, la conciencia se recupera (Robert Antelme. La especie humana, 1947)
No hay que quedarse delante de este muro. No hay que hablar de él. El hambre es sólo una de las tretas de los SS. Rebelarse contra ella sería tan vano como rebelarse contra la alambrada y el frío. Deforma la cara, pone los ojos tensos. El rostro de Jacques, el estudiante de medicina, ya no es el mismo que conocimos cuando llegamos aquí. Está chupado y surcado por dos anchas arrugas y dividido por una nariz puntiaguda como la de los muertos. Nadie sabe allá, en su hogar, la rareza que podía encubrir este rostro. Allá miran siempre la misma fotografía, fotografía que ya no es de nadie. Los compañeros dicen: “no pueden imaginárselo”, y piensan en aquellos inocentes con sus rostros inmutables que habitan en un mundo de abundancia y de consistencia, con penalidades consumadas que parecen en sí mismas un muro inaudito.
Nos transformamos. La cara y el cuerpo van a la deriva, los guapos y los feos se confunden. Dentro de tres meses, seremos aún más diferentes, nos diferenciaremos aún menos unos de otros. No obstante, cada uno seguirá manteniendo la idea de su singularidad, vagamente.
Y porque aquí es totalmente imposible realizar mínimamente esta singularidad, podríamos algunas veces sentirnos fuera de la vida, en una especie de vacaciones horribles. Pero es una vida, nuestra verdadera vida, no tenemos ninguna otra para vivirla. Pues es realmente así como millones de hombres y su sistema quieren que vivamos, y así lo aceptan otros. Es aquí donde se realizan, se interrumpen realmente unos destinos singulares. La última visión de los que mueren es ésta, sin duda. Ahora, cuando pensamos, pedimos ya prestado todo el material a esta vida, y no a la de antes, a la “verdadera”. Así que también tenemos que luchar para no dejarnos sepultar por el anonimato, para no cesar de exigirnos a nosotros mismos lo que no le exigimos a otros. Descubrimos que uno puede abandonarse como antes jamás habríamos soñado que fuera posible.
Jacques, que está preso desde 1940 y cuyo cuerpo se pudre de furúnculos, y que nunca ha dicho y nunca dirá “estoy harto”, y que sabe que si no se las apaña para comer un poco más, va a morirse antes del final y que anda ya como un fantasma de huesos y que espanta incluso a los compañeros (porque ven en él la imagen de lo que pronto seremos) y que nunca ha querido y nunca querrá traficar en lo más mínimo con un capo para poder comer, y a quien los capos y los matasanos odiarán cada vez más porque está cada vez más delgado y su sangre se pudre, Jacques es lo que en religión se llama un santo. Nadie había pensado jamás, en su casa, que podía ser un santo. No esperan a un santo, sino a Jacques, al hijo, al novio. Son inocentes. Si vuelve sentirán respeto hacia él, por-lo-que-ha-sufrido, por lo que han sufrido todos. Van a intentar recuperarlo, hacer de él un marido.
Hay tipos a los que tal vez respetarán allá y que nos resultan tan horribles, más horribles que nuestros peores enemigos de allá. Hay también aquellos de los que no esperábamos nada, cuya existencia era allá la de un hombre sin historias, y que aquí se han comportado como héroes. Aquí es donde habremos conocido los mayores afectos y los más definitivos desprecios, el amor al hombre y el horror hacia él con una certeza más absoluta que jamás en ningún otro lugar.
Los SS que nos confunden no pueden inducirnos a confundirnos. No nos pueden impedir escoger. Aquí, por el contrario, la necesidad de escoger aparece desmesuradamente acrecentada y constante. Cuanto más nos transformamos, cuanto más nos alejamos de allá, cuanto más piensa el SS que estamos condenados a una indistinción y a una irresponsabilidad de las cuales presentamos una imagen incontestable, tantas más distinciones contiene, de hecho, nuestra comunidad, y estas distinciones son tanto más estrictas. El hombre de los campos no representa la abolición de estas diferencias. Al contrario, él es su realización efectiva.
Si fuésemos a buscar a un SS y le mostrásemos a Jacques, podríamos decirle: “Míralo, lo has convertido en este hombre podrido, amarillento, lo que más debe parecerse a lo que piensas que él es por naturaleza: el desecho, el desperdicio, lo habéis conseguido. Pues bien, vamos a deciros lo siguiente, algo que debería dejaros tiesos si “el error” pudiese matar: le habéis permitido convertirse en el más completo de los hombres, en el más seguro de sus poderes, de los recursos de su conciencia y del alcance de sus actos, en el más fuerte. No es que los desgraciados sean los más fuertes, no es tampoco que el tiempo esté de nuestra parte. Es que Jacques dejará un día de correr los riesgos que vosotros le hacéis correr, y que vosotros dejaréis de ejercer el poder que ejercéis y es que ya podemos responder a la pregunta: si puede decirse que hayáis ganado en algún momento. Con Jacques, no habéis ganado jamás. Queríais que robase, no ha robado. Queríais que lamiese el culo a los capos para comer, no lo ha hecho. Queríais que se riese para caer bien cuando un meister molía a golpes a un compañero, no se ha reído. Queríais sobre todo que pusiese en duda si una causa merecía que se descompusiese de esta manera, no ha dudado. Gozas ante esta ruina que se mantiene en pie ante tus ojos, pero es a ti a quien han estafado, jodido hasta la médula. No os enseñamos más que los furúnculos, las llagas, los cráneos grises, la lepra, y vosotros sólo creéis en la lepra. Os hundís cada vez más, jawohl! Teníamos razón, jawohl, alles Scheisse! Vuestra conciencia está tranquila. “¡Teníamos razón, no hay más que verlos!” Nosotros os hemos engañado como nadie lo ha hecho, y nosotros os llevamos hasta las últimas consecuencias de vuestro error. No os vamos a desengañar, quedaos tranquilos, os conduciremos hasta el final de vuestra barbarie. Nos dejaremos llevar hasta la muerte y veréis un montón de chusma que revienta.
“No contamos ni con la liberación de los cuerpos ni con la resurrección de los mismos para tener razón. Ahora es cuando, vivos y semejantes de despojos, nuestras razones triunfan. Es verdad que eso no se ve. Pero tenemos tanta más razón cuanto menos vivible es, tanta más razón cuantas menos posibilidades tenéis vosotros de daros cuenta de lo que sea. No sólo la razón está de nuestra parte, sino que somos la razón misma sometida por vosotros a la existencia clandestina. Y por eso podemos inclinarnos menos que nunca ante los triunfos aparentes. Comprended esto bien: vosotros habéis conseguido que la razón se transforme en conciencia. Habéis rehecho la unidad del hombre. Habéis fabricado la conciencia irreductible. Jamás podréis esperar que estemos a la vez en vuestro lugar y en nuestro pellejo, condenándonos. Aquí nunca nadie se convertirá a sí mismo en su propio SS” (Robert Antelme. La especie humana, 1947)
Una de las peores cosas que podemos hacer a otro ser humano es privarle de su humanidad, despojarlo de todo valor mediante el proceso psicológico de la deshumanización. Esto sucede cuando pensamos que los "otros" no tienen los mismos sentimientos, pensamientos, valores y metas que nosotros. Rebajamos o borramos de nuestra conciencia toda cualidad humana que esos "otros" puedan tener en común con nosotros. Lo hacemos mediante los mecanismos psicológicos de la intelectualización, la negación y el aislamiento de las emociones. En contraste con las relaciones humanas, que son subjetivas, personales y emocionales, las relaciones deshumanizadas tienen un carácter objetivo y analítico y carecen de empatía o de contenido emocional.
Usando los términos de Martin Buber, las relaciones humanizadas son "yo-tú", mientras que las relaciones deshumanizadas son "yo-eso". Con el tiempo, la persona deshumanizadora suele ser absorbida por la negatividad de la experiencia y luego el "yo" mismo cambia para producir una relación "eso-eso" entre objetos, o entre la persona y la víctima. El hecho de ver a esos "otros" como subhumanos, inhumanos, infrahumanos, prescindibles o "animales" se facilita mediante etiquetas, estereotipos, consignas e imágenes propagandísticas.
A veces la deshumanización desempeña una función adaptativa para alguien que deba suspender su respuesta emocional habitual en una emergencia, en una crisis o en una situación de trabajo que exija invadir la intimidad de otras personas. Puede que los cirujanos tengan que hacerlo al llevar a cabo operaciones que violen el cuerpo de otra persona, y lo mismo pueden tener que hacer las primeras personas que responden a un desastre. Suele ocurrir lo mismo cuando una persona desempeña un trabajo que le exige atender a muchas otras. En algunas profesiones de naturaleza asistencial, como la psicología clínica, la asistencia social o la medicina, este proceso recibe el nombre de "preocupación indiferente". El profesional se encuentra en la posición paradójica de tener que deshumanizar a los clientes para ayudarlos o curarlos.
La deshumanización suele facilitar la realización de actos abusivos y destructivos contra las personas que se cosifican de este modo. "Hacía que se insultaran unos a otros, les hacía limpiar los retretes con las manos. Prácticamente llegué a ver a los internos como si fueran ganado y no dejaba de pensar: no debo quitarles el ojo de encima por si están tramando algo". Es difícil imaginar que uno de nuestros carceleros pudiera caracterizar de este modo a los reclusos, otros estudiantes universitarios como él que, de no ser porque la moneda cayó del lado malo, estarían llevando su uniforme.
Otro carcelero del EPS nos da un ejemplo más: "Estaba harto del hedor de la prisión, de ver a los reclusos con harapos y oliendo tan mal. Veía como se atacaban unos a otros porque se lo ordenábamos".
Como ocurre en las prisiones de verdad, el experimento de la prisión de Stanford creó una ecología de la deshumanización mediante muchísimos mensajes directos que se repetían constantemente. Empezó con la pérdida de libertad, se extendió hasta la pérdida de intimidad y finalmente llegó a la pérdida de la identidad personal. Separó a los internos de su pasado, de su comunidad y de su familia y sustituyó su realidad habitual por una realidad presente que les obligaba a convivir con otros reclusos en una celda anónima y sin espacio personal. Su conducta estaba dictada por unas normas coactivas externas y por las decisiones arbitrarias de los carceleros.En un nivel mucho más sutil, en nuestra prisión, como en todas las prisiones que conozco, las emociones estaban reprimidas, inhibidas, distorsionadas. Al cabo de unos pocos días, las emociones relacionadas con el afecto y la bondad habían desaparecido de los carceleros y los reclusos.
En los entornos institucionales, la expresión de las emociones humanas se reprime porque representan unas reacciones individuales impulsivas y con frecuencia imprevisibles, cuando lo que se espera es una uniformidad de las reacciones colectivas. Los reclusos del EPS se vieron deshumanizados de muchas maneras por el trato de los carceleros y por unos procedimientos institucionales degradantes. Sin embargo, no tardaron en agravar ellos mismos esta deshumanización reprimiendo sus respuestas emocionales salvo cuando se "desmoronaron". Las emociones son esenciales para la humanidad. Mantener las emociones bajo control es esencial en las prisiones porque son una señal de debilidad y vulnerabilidad para los carceleros y para los otros reclusos (Philip Zimbardo. El efecto Lucifer, 2008)
Ocultar los micrófonos en las celdas nos permitió saber de qué hablaban los reclusos en privado, durante los ratos de tregua entre los recuentos, las tareas desagradables y otras actividades “públicas”. Recordemos que los tres internos de cada celda no se conocían antes del experimento. Solo podían llegar a conocerse cuando estaban solos en sus celdas porque tenían prohibido hablar durante los momentos “públicos”. Supusimos que buscarían puntos en común para relacionarse, dada la estrechez de las celdas y porque esperaban pasar juntos dos semanas. Esperábamos oírles hablar de su vida en la universidad, de sus estudios, sus vocaciones, sus novias, sus equipos favoritos, sus aficiones y gustos musicales, de lo que harían el resto del verano al acabar el experimento o de lo que harían con el dinero ganado.
¡Pero resulta que no! En realidad no se cumplió ninguna de estas expectativas. El 90% de las charlas entre los reclusos giró en torno a la prisión. Sólo un simple 10% giró en torno a temas de carácter personal o autobiográfico que no tenían relación con la experiencia en la prisión. Los principales temas de conversación eran la comida, el acoso de los carceleros, la formación de una comisión de quejas, elaborar planes de fuga, las visitas, y la conducta de los reclusos de las otras celdas y de los encerrados en aislamiento.
Cuando tenían la oportunidad de distanciarse un poco del acoso de los carceleros y del tedio de programa de actividades, de trascender su papel de reclusos y establecer su identidad personal en alguna interacción social, no lo hacían. El rol de recluso dominaba todas sus expresiones individuales y el entorno de la prisión impregnaba todas sus actitudes y preocupaciones, obligándoles a adoptar una orientación temporal basada en el presente. La presencia o ausencia de alguien que les vigilara no tenía importancia.
Al no compartir con nadie sus expectativas pasadas y futuras, lo único que cada recluso sabía de los demás se basaba en observar cómo actuaban en el presente. Sabemos que lo que podían ver de los demás durante los recuentos y otras actividades degradantes era una imagen negativa. Esa imagen era lo único que tenían para hacerse una idea de la personalidad de sus compañeros. El hecho de que los reclusos se centraran en la situación inmediata también contribuyó a crear una mentalidad que intensificaba la negatividad de sus experiencias. En general, solemos hacer frente a las situaciones negativas encapsulándolas en una perspectiva temporal que combina la idea de un futuro diferente y mejor con el recuerdo de un pasado agradable.
Esta intensificación autoimpuesta de la mentalidad propia de un recluso tuvo una consecuencia aún más negativa: los reclusos empezaron a adoptar y a aceptar las imágenes negativas que los carceleros habían creado de ellos. La mitad de todas las interacciones privadas entre los reclusos se pueden clasificar de insolidarias y poco cooperadoras. Peor aún, cuando los reclusos hacían afirmaciones que evaluaban a sus compañeros o que expresaban el concepto que tenían de ellos, ¡el 85% eran comentarios de desprecio o desfavorables en general! Este porcentaje es estadísticamente significativo: el hecho de centrarse en temas relacionados con la prisión en lugar de temas ajenos a ella sólo se daría al azar una vez de cada cien, mientras que el hecho de hacer atribuciones negativas a los otros reclusos en lugar de atribuciones positivas o neutras sólo se daría al azar cinco veces de cada cien. Esto significa de que estos efectos conductuales son “reales” y que no cabe atribuirlos a fluctuaciones aleatorias en las conversaciones de los reclusos mientras se hallaban en la intimidad de sus celdas.
Al interiorizar de esta manera el carácter opresivo del entorno de la prisión, los reclusos se formaron una impresión de sus compañeros viéndoles humillados, portándose como borregos o cumpliendo órdenes degradantes sin rechistar. Si en la prisión no sentían ningún respeto por los demás, ¿cómo iban a sentirlo por sí mismos? Este descubrimiento inesperado me recuerda el fenómeno de la “identificación con el agresor”. El psicólogo Bruno Bettelheim empleó este término (que ya había sido usado antes por Anna Freud) para designar la forma en que los presos de los campos de concentración nazis interiorizaban el poder de sus opresores. Bettelheim observó que algunos prisioneros actuaban igual que sus guardias nazis y que, además de maltratar a otros prisioneros, también llevaban puestos restos de uniformes de las SS. Si una víctima intenta sobrevivir desesperadamente en una situación hostil e imprevisible, de alguna forma percibe lo que desea el agresor y, en lugar de hacerle frente, se identifica con él y llega a convertirse en él. La aterradora diferencia entre el poder de los guardias y la impotencia de los prisioneros se minimiza psicológicamente mediante esta acrobacia mental. Mentalmente, la persona se identifica con el enemigo. Este autoengaño impide evaluar la propia situación de una manera realista, inhibe la actuación efectiva, las estrategias de afrontamiento o la rebelión, y anula la compasión por los que sufren la misma suerte (Philip Zimbardo. El efecto Lucifer, 2008)
No es lo mismo pensar el deseo o la muerte, que sentir mi deseo o mi muerte. Distancia entre una posición empírica y una trascendente, postula Michel Foucault.
No respetar la tensión de esa distancia crea un abismo infranqueable, un silencio imposible de colmar. Es algo que sucede a menudo. Voy a relatar una anécdota personal que apunta en este sentido. Al principio de mi exilio, en un grupo de trabajo, presento, como puedo, mi primer texto que testimonia sobre la tortura en América Latina; texto que intenta contar lo que sucede allí y probar, sin duda al mismo tiempo, que estoy vivo y puedo pensar. Un camarada, famoso en el grupo por su inteligencia y su sagacidad, me explica que eso que cuento no es nuevo ni original. Su argumentación y su demostración operan un acercamiento entre la experiencia de la tortura y la del “des-ser” (désêtre) del análisis lacaniano. Recuerdo que su certidumbre, su lucidez, su arrogancia, me hirieron y me provocaron balbuceos y rencor. Él poseía el saber correcto.
Quisiera subrayar con esta anécdota que, en relación con ese tema, existe siempre un equívoco: hay siempre un saber que se busca y que se escapa. Más allá del carácter de catarsis de mi recuerdo, él muestra cómo la posición de ese colega y la mía son, en nuestra supuesta proximidad, las de un encuentro imposible entre el saber del sabedor y el del sujeto que sufre.
El carácter personal de mi pequeña anécdota nos trasciende porque se enlaza con la del sobreviviente de Auschwitz, quien había querido encontrar su solución final dejándose morir con los otros en las cámaras de gas y fue obligado por las víctimas a sobrevivir, para cumplir su última voluntad: era necesario un testigo y un testimonio, un espacio psíquico en el que aquello pudiera inscribirse. Era necesario que el martirio se conociese, que el horror fuese patrimonio de la memoria colectiva y de la herencia cultural.
El mismo mensaje desesperado inicia el libro esencial de Robert Antelme L’Especie humaine* el grito reiterado “Ustedes, ustedes no pueden saber” que las víctimas de la tortura lanzan a todo interlocutor que no compartió sus experiencias; equívoco que una mirada analítica supone poder superar. Instituir el terror como objeto del saber (épistême) significa adentrarse en una rampa resbaladiza que lleva, si no se toman precacuciones, a una posición de voyeurismo, de fascinación del espanto, y conduce a transformar el sujeto en espectáculo para intelectuales….
La cuestión no es nimia. El testimonio desgarrante se transforma por su reiteración en melodrama de mala calidad o en pornografía. ¿Cómo escapar a la finalización, al silencio, a la tentación de eludir el problema o quedar capturado en la fascinación y reemplazar estas alternativas por el simple acto de pensar, que es en este caso la postura más difícil?
¿En qué consiste ese conocimiento del terror cuyo saber es tan necesario como imposible? He aquí algunos tanteos. Luego de la caída de la dictadura, invitamos a algunos colegas que habían permanecido en Uruguay, a trabajar el tema con nosotros. Este es un fragmento de respuesta:
“¡Me siento extraño al reflexionar sobre este tema que siento como tuyo y no como mío! Ahora empiezo a entender eso que se llama los secretos de familia, que siempre me parecieron estupideces incomprensibles. Entre quienes permanecieron aquí hay como una complicidad íntima: existen cosas de las que se habla, y otras para las cuales no hay ni signos ni códigos, solamente un temblor visceral compartido. Es el sistema neurovegetativo el que sabe; como si se fuera a chismear cosas privadas íntimas”.
En el terror la lucidez, si aparece inopinadamente, es lacerante. El pensamiento en la miseria es diferente del pensamiento inteligente. Ser lúcido sobre el terror propio es tomar conciencia de la invalidez y del oprobio. Hay entonces un esfuerzo permanente que va en el sentido del evitamiento y de la denegación. Hay que ser loco o imbécil para buscar descubrir, y querer sorprenderse y espantarse de las heridas que cada uno se esconde a sí mismo.
Por eso, en esta situación el sentido común de la palabra pensar es más para temer que para desear. Por eso la ironía de mi amigo en su respuesta a mi invitación (ni código ni signo, solamente lo neurovegetativo está concernido, solamente el temblor).
Quién se encuentra en medio del terror no está en la búsqueda del saber o de la inteligencia. Está en la búsqueda de las estrategias que le permiten continuar viviendo, él o sus ideales. Porque el terror subjetivo es siempre vivido en el agobio o en el embotamiento (y no en el saber iluminado propio de una reunión científica)….
Es una especie de imperativo primario. Hay que vivir, hay que tener el coraje de seguir viviendo, sobrevivencia del cuerpo o del pensamiento: una suerte de deber ciego, perentorio, antes que inteligente. Hay que ser loco o imbécil para pensar por sí mismo, en lugar de aceptar la realidad tal cual es. A veces no se sabe si se quiere vivir para escapar o para luchar, pero hay una especie de imperativo de construir un “otro” lugar y un “después” de la miseria actual. Es esta lógica la que yo llamo agobio y embotamiento. Ella escapa a la mirada exterior y la elección puede ser percibida como cobardía, heroísmo, traición o locura. Porque no es el espanto súbito de la catástrofe sino el desgaste cotidiano lo que deja su marca indeleble en el “no-dicho” y el “no-pensable” de todos los días.